Fácil es graduar el entusiasmo que estos hechos producirian en el público. La Ciudad entera visitó al herido durante las cinco semanas que tardó en curarse, no sin que se trajese á colacion en cada visita la gloriosa muerte de D. Rodrigo Venegas, cuyas heroicidades tenian tan digno continuador en su bizarro hijo.—Y, cuando éste salió á la calle, y se encaminó á la iglesia de San Antonio, á dar gracias á la Vírgen de la Soledad, no fueron saludos, sino aplausos y aclamaciones, los que recibió de todo el vecindario.
¿Y Caifás? ¿Y su hija? ¿Qué dirian á todo esto? ¿Á cómo estaban de odio y temores el uno, y de amor y esperanzas la otra, en vista del fabuloso crecimiento de aquella figura que les importaba más que á nadie?—Nada se sabía en el asunto; pues ni el padre ni la hija eran aficionados á revelar sus emociones, ni la señá María Josefa habia vuelto á parecer por casa de D. Trinidad.—Diremos, pues, únicamente (y esto debe bastarnos por ahora) cuál era la línea de conducta de Manuel para con ellos (tercera parte del programa que por tan alto modo estaba cumpliendo nuestro enamorado).
En el trascurso de los tres años que duró este período de su vida, Manuel vió todos los domingos á Soledad durante una hora, bastándole para ello plantarse enfrente de su casa al amanecer y esperar allí á que saliese á misa con su madre. Era ésta muy religiosa, é incapaz por ende de tolerar que su hija dejase de cumplir el precepto, por manera que no hubo más arbitrio que arrostrar todas las consecuencias de aquel nuevo asedio del jóven, fuese cualquiera (que debió de ser muy grande) la oposicion que el sitiado D. Elías hiciese en un principio á tan peligrosa salida de la plaza.—No hay tirano doméstico con fuerza bastante para impedir que su mujer y su hija cumplan los deberes religiosos que les impone su conciencia; y, además, el prestamista, aunque no practicara (por horror á poner los piés en la calle), era católico, apostólico, romano,—ó queria parecerlo.
Afortunadamente, en el programa de Manuel no entraba entónces hostilizar de manera alguna á don Elías, ni dar ningun paso directo con relacion á Soledad. Limitábase, pues, á esperarla, á verla pasar, á seguirla de léjos, á situarse en la Iglesia de modo que pudiera estar mirándola á su sabor, á aguardarla despues en la puerta, y á darle nueva escolta hasta que la dejaba encerrada en el palacio. —Ni más ni ménos hacía; pero esto, combinado con la imponente conducta que seguia respecto del público, bastaba á su atrevido propósito,—que era hacer el vacío alrededor de la hija del usurero, acotarla para sí, declararla suya, estorbar que nadie la pretendiese, poner entre ella y el mundo el temido poder de su corazon y de su brazo.
La madre y la hija pasaban junto á él graves y tristes; sin mirarlo nunca (pues tal debia de ser su consigna), pero viéndolo siempre...—Las mujeres no dejan de ver jamás lo que les importa...—Ni Manuel se condolia de que no lo mirasen ni saludaran: decíale su alma leal que aquella tristeza era una especie de saludo: figurábase las terribles órdenes que habrian recibido del usurero, con quien llevaba cuenta aparte, y las compadecia profundamente, léjos de tenerles rencor...—¡Estaba tan seguro del afecto y simpatía de ellas!—Añádase á esto (aunque sea revelar una cosa muy delicada) que Manuel creia haber sorprendido algunas veces á Soledad mirándole de reojo...
La interesante jóven habia ido creciendo en gracias y hermosura, y, al terminar aquellos tres años, era una mujer tan exquisita y bella, de aire tan misterioso y poético, de talle tan fino, esbelto y seductor, con unos ojos negros tan melancólicos y tan sombreados por largas y sedosas pestañas, con una palidez tan interesante, con unas manos tan blancas y tan lindas, con tal señorío en toda su persona y tal seriedad en su lujoso vestir, que la imaginacion popular comenzó á inventarle dictados y calificativos laudatorios, y, despues de haberle llamado la Niña de plata, la Perla judía, la Perla robada, el Terron de azúcar, y otras cosas por el estilo, le puso el nombre de la Dolorosa, que era el que mejor le cuadraba y con el que se quedó definitivamente, segun hemos visto en otro lugar.—Parecia, en efecto, una Imágen de la Vírgen de los Dolores; sólo que su tristeza no rayaba en afliccion, y tenía más de altiva que de dulce... Pero los trajes negros, las tocas blancas y los adornos de oro y pedrería de que siempre iba recargada contribuian, en cambio, á justificar aquel peregrino sobrenombre.
Digamos además que la popularidad de Manuel se reflejaba en la que era señora de su corazon, y que todos la veian con tanto respeto y benevolencia, como odio y mala voluntad profesaban á su padre.—Ni ¿qué sabemos? ¡Es tan especiosa á veces la conciencia del vulgo para transigir con sus flaquezas é idolatrías! Los millones acaban por fascinarlo y obtener su pleito homenaje, cuando ya no se ve posibilidad de destruirlos, ó sea de privar de ellos al que los posee. De aquí el que prescriba la accion pública (ó sea la accion del escándalo) contra las riquezas ilegítimas largo tiempo gozadas, como prescriben al cabo de ciertos años algunas acciones legales, por muy fundadas que sean.—«Poseer (dice un axioma jurídico) es una de tantas formas de adquirir»... Y hay que tener presente que D. Elías llevaba ya nueve años de quieta y pacífica posesion del caudal de los Venegas, y doble y triple tiempo de ser dueño de otros millones...—Debia, pues, de estar próximo el dia del indulto (ya que no de la amnistía) de la opinion general, y, entretanto, no pesaba su anatema sobre la inocente niña, en quien ya se reconocia, por lo visto, la indemnidad de los segundos poseedores; como tampoco habia pesado nunca sobre la señá María Josefa, en la cual se apresuró la plebe á reconocer otro título á su consideracion, á fin de tener abierta alguna entrada moral en casa del millonario: el título de «excelente y compasiva mujer, muy apesarada de las crueldades de su marido»;—cosa que, por otra parte, era cierta.—En resúmen: ya fuese por estas razones, ya por deferencia al benemérito Manuel ya por su propia gentileza y hermosura, ó por todos estos motivos juntos, Soledad gozaba del aprecio, de la aficion, de la simpatía del vecindario, si exceptuamos algunas hembras de su clase y edad, que le envidiaban particularísimamente el romántico amor del gallardo hijo de D. Rodrigo Venegas, sobre todo cuando éste comenzó á tener dinero, vistió con lujo y compró caballo.
Nuestro jóven no cesaba de mirar á la gentil doncella, con una ingenuidad y una valentía más propias del estado salvaje que del civilizado, desde que la veia salir del antiguo caseron hasta que la dejaba en él, y muy especialmente durante la misa, cual si creyera que su devocion á la llamada Dolorosa le eximia de atender al incruento Sacrificio.—Soledad, en cambio, no quitaba los ojos del Altar, arrodillada contínuamente desde el principio hasta el fin de la santa ceremonia, rezando sin interrupcion, á juzgar por el leve movimiento de sus labios de serafin y á las muchas cuentas que pasaba del rosario...—Pero ¿quién sabe dónde estaria su alma?—Al enamorado mozo le decia el corazon que aquel ángel estaba pidiendo al cielo el triunfo de su mutuo cariño...; mas nosotros no tenemos datos suficientes para negar ni afirmar semejante cosa, ni tan siquiera para responder de que la jóven rezase verdaderamente...—¿Acaso no hay personas dotadas del don especial de no ver lo que miran y de ver lo que no están mirando? Pues ¿quién nos dice que Soledad no era una de ellas, y que, miéntras clavaba aparentemente los ojos en el Altar, no contemplaba la gallarda figura de Manuel Venegas?
Repetimos que todo lo creemos posible... Ello es que el interesado (hombre de instintos muy seguros) salia siempre de la Iglesia, loco de amor y felicidad, acariciando risueñas esperanzas...
Conque vayamos derechos al asunto, ó sea á decir cómo se preparó y realizó el mencionado lance que puso término á este período de la vida de nuestro héroe.