X.

EL EMPLAZAMIENTO.

Cuando el reflexivo y cauteloso D. Elías llegó á penetrarse de que Soledad, la única persona á quien habia amado y favorecido desinteresadamente, podia servirle de escudo y defensa contra la ira de Manuel y contra la indignacion ó la mofa del pueblo («que tal es siempre—observaron á este propósito los moralistas—el fruto de las buenas acciones»); cuando se convenció, digo, de cuánto la queria y veneraba el jóven Venegas y de cuánto la admiraba y respetaba el público (sentimientos cuyos beneficios materiales no podrian ménos de alcanzar al que, en medio de todo, era padre de tan gentil y meritoria criatura), hizo rápidamente una completa revolucion en su vida y costumbres.

Comenzó el viejo por aventurarse á ir á misa, cosa que deseaba hacía mucho tiempo, para librarse de la fea nota de judío, rabote, hereje y otras lindezas que le aplicaba el vulgo; propasóse luégo á salir al campo, segun lo requeria su salud, á juicio del médico de la casa, y acabó, finalmente, por asistir á los paseos públicos y á las fiestas populares, como cualquier hijo de vecino..., ó poco ménos.—Todo ello (bueno es hacerlo constar), aprovechando la temporada que Manuel estuvo herido por consecuencia de su lucha con el oso...

Tambien debemos advertir que en aquellas salidas lo acompañaba constantemente Soledad, y nunca la señá María Josefa, á quien el millonario seguia mostrando tanta esquivez y desprecio como adoracion fanática á la hija de que le era deudor.—«Hay hombres que son así, y que con dificultad la hacen limpia, áun tratándose de sus más sagrados afectos»...—solia exclamar con este motivo la licurga hermana del ama de gobierno de D. Trinidad Muley.—Á misa iban á la Catedral, como templo más respetable ó respetado que los otros...—Para ir á paseo, habia habilitado el prestamista un viejísimo coche ó carroza de los Venegas, que encontró en la leñera del antiguo palacio...—Y, cuando habia procesion ó castillo de fuego que ver, nunca faltaba un balcon de tal ó cual deudor moroso, cuyo domicilio tuviese puerta falsa á alguna solitaria calleja, por donde entrar con el debido recato.

Era, pues, siempre dramática, por lo inesperada y repentina, la aparicion de D. Elías y de Soledad en la ventana ó balcon que caia á la plaza ó calle donde se preparaba la fiesta y hervia el concurso...

—«¡La Dolorosa! ¡La Dolorosa!... (oíase decir por todos lados.) ¡Qué hermosa está! ¡Qué bien vestida viene! ¡Qué perlas trae! ¡Lleva un caudal encima!»...—Y sólo al cabo de algun tiempo fijábase la atencion en D. Elías Perez (ya no era moda decirle Caifás), á quien unos hallaban mucho más viejo que ántes, otros perfectamente conservado, algunos mejor vestido y ménos antipático que en 1823, y todos merecedor de perdon y olvido despues de tantos años de encierro.—«Si delinquió (parecia decir la actitud del Coro), ¡bien ha expiado su crímen! ¡Dispensémosle al ménos la acogida indulgente que no niega nadie á los penados que han cumplido su condena!—En medio de todo, D. Rodrigo Venegas era un despilfarrado, que de una ú otra suerte habria muerto en el hospital, y, en cuanto al Niño de la Bola, ¡ya veis que tampoco ha nacido para Ministro de Hacienda! ¡No bien ha reunido un poco dinero, ha comprado caballo!...—Los ricos nacen, y los pobres se hacen.»

La primera vez que nuestro héroe vió clara y distintamente al padre de su amada fué aquel dia que salió á dar gracias á la Vírgen de la Soledad despues de su convalecencia.—Huyendo de las demostraciones de entusiasmo que lo abrumaban en la calle y de las visitas que seguian inundando su casa, se encaminó á pié á un cortijo próximo, que habia sido de su padre, donde existia una fuente muy provechosa para los que necesitaban recobrar fuerzas..., y allí encontró, enteramente solo, de pié junto al manantial, y sumido en profunda meditacion, á un anciano de elevada estatura, cuyo grave y austero rostro y fria y penetrante mirada recordó haber visto hacía años, al traves de un vidrio, en un balcon de su antigua vivienda...

—¡El padre de Soledad!—pensó el jóven, retrocediendo un paso.