Soledad, en quien todos tenian clavada la vista, permaneció mucho más impasible que el viejo, pues ni áun el color llegó á alterársele; y, á fin de no cruzar su mirada con la del imprudente mancebo ni con las del inconsiderado gentío, fijó los ojos en la Imágen del Niño Jesus, no simulando ciertamente una devocion extemporánea, sino estar como distraida...
Á cualquier hombre de mundo y conocedor del corazon humano le habrian causado miedo el abismo de negaciones y la feroz voluntad que no podia ménos de haber en el fondo de aquella indiferencia ó de aquel disimulo que no dejaba asomar ningun indicio de emocion á los celestiales ojos de la niña, cuando la tragedia tendia su cetro de serpientes sobre ella y sobre su padre...—Pero Manuel la amaba así; la amaba como quiera que fuese; tenía la intuicion, la fe, la evidencia de que aquel alma insondable era suya; y, en cuanto al Coro, más artista siempre que verdaderamente sensible, se contentaba con admirar la encantadora actitud, propia de un ángel, de la imperturbable Dolorosa, sin descender á otra clase de estudios.
En tal situacion, y cuando el público comenzaba ya á mostrar impaciencia porque no surgia ningun conflicto de que asustarse, Manuel se volvió tranquilamente hácia la comision que presidia la Rifa, y, con voz clara y entera, que alteró todos los corazones, dijo, señalando á Soledad:
—¡Cien reales, por bailar con aquella señora!
La llamada señora fingió no haberlo oido; pero D. Elías se puso en pié, rojo de furia, y contestó inmediatamente:
—¡Mil reales por que no baile con él!
Un recio murmullo, semejante á un trueno de tormenta próxima, cundió por todo el anfiteatro, y las gentes que estaban más léjos se acercaron á presenciar aquella aterradora subasta.
Soledad dejó de mirar al Niño Jesus, y, bajando los ojos al suelo, tiró á su padre de la levita, como para que se sentase y no siguiera el altercado.
Manuel habia ya respondido:
—¡Cien duros por bailar con ella!