—Manuel, ¡véte!—replicó el cura de Santa María.
—¡Me ha vencido con el dinero que robó á mi padre! (añadió Manuel, enfureciéndose de nuevo, segun que hablaba.) ¡Me ha negado, á mí, al descendiente de los Venegas, al hijo del que murió por restituirle sus mal ganados millones, el que baile con su inocente hija, el que le dé un abrazo de paz entre nuestras dos razas!—¡Ah, ladron!... ¡asesino!... ¡verdugo!... ¡Me la pagarás con tu sangre!
—¡Oye! ¡Oye! (decia entre tanto el usurero á su hija, que estaba abrazada á él, colgada de su cuello, y como sirviéndole de escudo.) ¡Oye cómo me insulta y me amenaza el que ronda tu dote! ¡Oye cómo te conquista ese tramposo, en lugar de pagarme el millon que me debe!
Manuel, á quien difícilmente sujetaba D. Trinidad Muley (habiendo tenido para ello que llamar en su auxilio al Niño Jesus, cuya efigie le mostraba con fervorosos ademanes y discursos), percibió las últimas palabras de D. Elías, y, léjos de enfurecerse más, serenóse de pronto, con aquella rapidez de transicion que le caracterizó siempre, y quedó inmóvil, suspenso, frio, como una estatua de mármol.
—¿Yo?... ¿Yo?... ¡Yo le debo á usted un millon!—acertó á decir finalmente con el acento de la más noble ingenuidad.
—¿Acaso lo ignoras? (repuso D. Elías valientemente, como quien llega á su terreno.) ¿No me debia tres tu padre? ¿No le cobré dos? ¡Pues resta uno!... Y tú, buen mozo; tú, que eres su hijo y no has renunciado á su herencia, ¡me lo debes, como yo le debo el alma á Dios!—De modo, señores... (continuó, dirigiéndose á la Hermandad:) que toda la Rifa anterior es nula, y debe invalidarse por completo dado que el dinero que ofrecia ese jóven era mio, como lo será todo el que adquiera en este mundo hasta que me pague el millon que me debe...
—¡Qué hombre! ¡Qué infamias dice!—¡Y lo peor es que tiene razon!—¿No hay quien lo mate?—comenzó á murmurar la gente más temible.
—¡Nadie le toque! (gritó Manuel severamente.) Las cosas acaban de cambiar de aspecto, y ahora me corresponde á mí defender su vida...—Yo ignoraba que era su deudor; pero, averiguado que lo soy, pues el semblante de ustedes me lo está diciendo con harta claridad, no quiero que nadie imagine que deseo la muerte de este monstruo á fin de no pagarle...—¡Le pagaré!...—¡Ninguno se asombre de lo que digo!...—¡Le pagaré!...—Tengo absoluta seguridad de que no me engaño... ¡Yo sé de lo que soy capaz!—Vive, pues, tranquilo, zorro viejo y astuto, que si D. Rodrigo Venegas murió entre las llamas para que no se dijese que habia tratado de estafarte, su hijo hará algo más terrible y doloroso, que es no volver á ver á tu hechicera hija hasta haber ganado el millon que reclamas.—Me voy del pueblo, señores... (añadió con voz solemne, dirigiéndose al público.) Me voy de España... ¡Pero volveré! ¡Volveré con oro bastante para pagar mi deuda y ahogar despues en onzas á mi deudor! ¡Volveré, sí, y vendré á este mismo sitio tal dia como hoy... (¡lo juro por el alma de mi padre!), á pujar la gloria de estrechar en mis brazos á ese ángel que el vil judío ha robado al cielo, á esa desgraciada que se llama su hija!—¡Ay del que la mire entretanto! ¡Ay del que la pretenda!—¡Soledad es mia, y yo vendré á recobrarla y á matar al temerario que haya intentado siquiera atravesarse entre los dos!—En cuanto á tí, alma de mi alma, ¡sé que sabrás esperarme!...—¡Adios, Soledad de mi vida!—¡Adios, señor Cura!—¡Adios, Niño mio!...—¡No os olvideis de Manuel Venegas!...
Así dijo, y, arrancándose de los brazos de don Trinidad Muley, y tirando con la mano un beso á Soledad y otro al Niño de la Bola, echó á correr hácia el interior de la poblacion, y desapareció de la vista de todos.
Soledad seguia impasible exteriormente desde que la vida de su padre dejó de estar en riesgo; pero, cuando quiso andar, le faltaron fuerzas para moverse, y hubo que llevarla en una silla á la carroza que fué de los Venegas.