Aquella violentísima puja era la puñalada del cobarde, ¡segura, mortal, sin salvacion posible!— ¡Manuel no tenía tanto dinero ahorrado!
Conociólo el huérfano, y se quedó como estúpido...
—¡Déjalo, hombre!... ¡déjalo...! ¡que en el infierno las pagará todas juntas!—Manuel, no insistas; que el viejo quiere pillarte en una proposicion que no puedas pagar...—Vénte, Manuel; que la muchacha queria bailar contigo, y lo demas no debe importarte tanto...,—comenzaron á decir al corrido mancebo los mismos que se habian declarado sus fiadores...
Sólo el capitan retirado exclamó, todavía temblando de cólera:
—¡Dispon de mi paga de dos meses!—¡Comeré demonios vivos!...
Manuel no oia ninguna de estas cosas, y la gente comenzó á creerle anonadado, vencido, digno de lástima...
Pero D. Trinidad Muley, que conocia mejor que nadie á su pupilo, y que lo veia inmóvil, mudo, con los labios blancos, siguiendo todos los movimientos de D. Elías, como si acechase la oportunidad de saltar sobre él y despedazarlo, corrió al lado del jóven, y le dijo con grande imperio:
—Manuel... ¡véte á casa!—¡Yo te lo mando!
El hijo del héroe bramó de angustia, como brama la fiera al sentir el hierro candente del domador, y dijo con bárbara humildad:
—¿Sin matar á ese hombre?