Soledad, que habia conseguido sentar á su padre á fuerza de tirones (tanto más eficaces cuanto más altas eran las pujas de Manuel), se puso en pié al oir la última proposicion, y comenzó á anudarse á la espalda las puntas de la cruzada mantilla, como determinándose á bailar.
El riojano quiso contenerla...; pero mil voces se alzaron á un tiempo mismo, diciéndole en variedad de tonos:
—¡Eso se impide con dinero!
—¡La Cofradía no puede perjudicarse!
—¡El Niño Jesus no debe perder los diez mil reales que se le han ofrecido!
—¡Ó usted puja, ó la Dolorosa baila con Manuel Venegas!
—¡Saque usted sus millones, D. Elías! ¿Para cuándo los guarda usted?
—¡Aquí de los rumbosos, Sr. Caifás!
El usurero tenía sudores de muerte; pero, al cabo de una espantosa batalla, pudo más el odio que la avaricia, y, levantándose indignado, exclamó con rabioso acento:
—¡Basta ya de bromas! ¡Acabemos de una vez!—¡Dos mil duros por que no baile mi hija!—Soledad, vámonos á casa...—Señor Mayordomo, puede usted venir á cobrar inmediatamente.