Manuel no respondió: púsose el sombrero apresuradamente, y metió espuelas al caballo, como para librarse de tan importuno testigo.

Media hora despues, cuando ya caia el sol al occidente, el malagueño volvió á alcanzar al desdeñoso personaje, el cual se habia parado de nuevo, en lo alto de la larguísima y enrevesada cuesta por donde se baja desde la última meseta de la montaña á la extendida vega de la Ciudad, y contemplaba desde allí las Cuevas, el Barrio de Santa María, las Huertas y hasta la antigua casa de sus mayores, que se distinguia entre todas por un erguido cipres que la coronaba...—Aquel edificio atraia muy particularmente su ansiosa atencion...—¡Ignoraba el desventurado que allí no vivia ya nadie! ¡Ignoraba todo lo que habia ocurrido durante su ausencia!...

Pero no adelantemos noticias que harto pronto llegarán á vuestro conocimiento...

Manuel siguió andando, muy despacio esta vez, tan luégo como se le incorporó el arriero con las cargas; y, ya fuese arrepentido de no haber contestado á la última afectuosa pregunta del pobre hombre, ya por distraerse de sus propios pensamientos, entabló conversacion con él, diciéndole:

—¿Ha estado usted en alguna ocasion mucho tiempo seguido léjos de Málaga?

El espolique se inflamó de júbilo al verse interrogado, y, en un abrir y cerrar de ojos, habia respondido todo lo siguiente:

—¿Que si he estado?—¡Ya me figuraba yo que ahí era donde á usted le dolia!—¡Usted debe de venir del fin del mundo, y por eso le ha hecho tanta operacion el descubrir su tierra!—Yo estuve primero dos años en el Moro... (no crea usted que en Presidio, sino por mi gusto), y luégo he servido al Rey, digo á Cristina, hasta que me dieron la absoluta, despues que tomamos el Puente de Luchana, donde fuí herido...—¿Dice usted que si sé lo que son fatigas?—¡Pregúnteselo usted á la pobrecita de mi madre, en quien pensaba á todas horas aquella pícara Noche-buena, llamada tambien la Noche-triste, en que Espartero ganó á Bilbao!...—¡Figúrese usted que yo la pasé desangrándome, sobre la nieve, en el mayor desamparo y soledad!...—Pero, ¿que dice este loro?

—«Soledad»...—habia repetido el loro con todas sus letras.

Manuel sonrió por primera vez en todo aquel viaje, y preguntó al arriero, en vez de responderle:

—¿No ha estado usted nunca en la Ciudad á que nos dirigimos?