—No, señor; no he estado; pero sé que es muy buena, aunque muy peleadora...—¡Ya se ve! Usted habrá nacido en ella, y luégo se iria á las Indias á buscar fortuna...—¡La de todos!—Si alguna vez vuelve usted á embarcarse para allá, pregunte en Málaga por Frasquito Cataduras (que es como el mundo me conoce), y lléveme consigo, aunque sea de criado; pues lo que es con la arriería no llegaré nunca á salir de capa de raja...
Manuel no escuchaba ya al malagueño, sino que habia vuelto á hacer alto, más conmovido que la vez anterior...—Oíase á lo léjos el alegre repique de unas campanas cuyo són habia reconocido sin duda el jóven... Ello es que su rostro expresaba un regocijo, una ternura, una afliccion de gozo (si vale hablar así), que á cualquier otro hombre le hubiera hecho derramar lágrimas...
—¡Vamos, señorito! ¡repórtese usted! (exclamó el arriero.)—Si teme usted algo, aquí estoy yo, y ahí llevamos cuatro escopetas...
—¡Desgraciado de tí (interrumpió Manuel), si le cuentas á álguien que me has visto de este modo!—En cambio, si callas, yo te pagaré bien tu silencio...—Soy enemigo de que se conozcan mis debilidades...—Conque vamos andando.
La verdad era que el vehemente jóven no podia ya con el peso de su alma, visto lo cual y que no habia modo de correr y adelantarse en aquella dificultosísima cuesta, resolvió seguir hablando con el arriero, á fin de no volver á oirse á sí propio en presencia de tan indiscreto observador.
—Esas campanas que repican (díjole, pues, con afectada naturalidad) son las de Santa María de la Cabeza, y anuncian que mañana, primer Domingo de Abril, habrá, como todos los años en tal dia, una gran funcion en aquella parroquia...—¡Qué alborozo respirará ahora mismo todo el barrio!—Alguna persona conozco yo que dirigia en su niñez esos jubilosos repiques...—¡Cómo pasa el tiempo, sin que las cosas dejen de ser las mismas!—¡Verás qué hermosa Procesion sale de allí mañana á la tarde! ¡la Procesion del Niño de la Bola!—Y, si te detienes en la Ciudad pasado mañana, podrás ir á la Rifa, á las Cuevas, donde siempre ocurren buenos lances...—Allí se puja todo: el baile, los abrazos, la felicidad..., la vida del alma..., el destino de las criaturas...—Pero ya se ha puesto el sol..., y la cuesta es ménos pendiente...—Vamos aprisa, á fin de pasar el vado del rio ántes de que oscurezca; pues sentiria que se mojasen esas cargas...
Y como, en efecto, la bajada fuese ya más fácil, Manuel metió espuelas al caballo, y pronto se encontró solo, en la llanura, ó sea en unas dilatadas alamedas que allí pregonan la proximidad del citado rio...—La Ciudad distaba todavía bastante; pero aquello era ya en cierto modo estar bajo sus muros...
Habia comenzado á oscurecer, y el dulce misterio de tal hora, la amenidad del sitio, la húmeda frescura del aire, en cuya primaveral fragancia reconoceria el aroma de los árboles, plantas y hierbecillas entre que se habia criado; el armonioso rumor, igual siempre, y para él tan familiar, que alzan allí, en aquella estacion del año, al caer las sombras de la noche, los más humildes cantores del Creador del mundo, ora desde las empantanadas aguas, ora desde los adolescentes trigos, todo sumergió á Manuel en una profunda paz moral, muy diferente de la ventura, pero mejor consejera del alma que el esperanzado deseo...—Estúvose, pues, parado algunos minutos en aquella tranquila márgen del Rubicon de su pobre historia, como dando reposo al fatigado espíritu ántes de las supremas emociones que le aguardaban, ó acaso preguntándose friamente si, en lugar de encaminarse hácia la dicha, se dirigiria hácia un total infortunio...—¿Viviria Soledad? ¿Le habria sido fiel, ella que nada le habia prometido nunca?—¿Habria habido algun hombre capaz de tomarla por esposa?—¿Viviria el terrible anciano? ¿Seguiria negándose á toda transaccion?—¿Se atreveria Soledad en este caso á unirse con el hijo de D. Rodrigo Venegas, despues de la espantosa escena de la Rifa? ¿Le amaba á tal extremo? ¿Le habia amado alguna vez?—¿Qué aguardaba al proscrito, á la vuelta de su largo destierro? ¿Horribles dolores? ¿Crueles desengaños? ¿Renovadas luchas? ¿Escenas de sangre? ¿Su propia muerte, por término de tantas angustias y fatigas?
La llegada del arriero con las cargadas bestias sacó al jóven de aquel estado de culminante inquietud, no ménos amargo, aunque de distinta índole, que el de Diego Marsilla cuando lo detuvieron los facinerosos casi á la vista de Teruel...
Pasaron el rio nuestros caminantes, y entraron en los largos callejones, guarnecidos de olorosos panjiles y de zarzas, espinos y otras especies de setos, que conducen, á traves de muchos pagos de viña, á las puertas de la Ciudad...; y, ya estarian como á quinientos pasos de ella, cuando, al cruzar por delante de cierta solitaria Ermita, precedida de un porche, que allí se alza desde tiempo inmemorial, oyóse una voz de mujer que decia: