—Manuel: ¿eres tú?—Hazme el favor de oir una palabra...
II.
LA REALIDAD.
Manuel refrenó el potro, y, á la luz de la lámpara que alumbraba aquel humilde Santuario, vió, de pié, á la entrada del dicho porche, separado del interior de la Ermita por unos barrotes de madera, la imponente figura de una mujer alta y vestida de negro, que añadió, al verlo detenerse:
—¿Conque eres tú?—¡Gracias á la Vírgen Santísima! ¡Temí que hubieses echado por otro camino!
—Sí, señora... Yo soy... (respondió Manuel, lleno de asombro.)—¿Y usted? ¿quién es?—Yo quiero reconocer esa voz...
—Soy la madre de Soledad...—repuso la mujer con dulzura.
Oir el jóven esta frase y estar en el suelo fué una misma cosa.
—¡La señá María Josefa! (exclamó vivamente conmovido.) Espere usted un momento, señora.—Oye tú, arriero: sigue adelante, y espérame á la entrada de la Ciudad...—¡Cuidado con hablar ni una palabra!