El malagueño siguió andando, muerto de curiosidad por saber algo de lo mismo que se le prohibia decir, y Manuel ató su cabalgadura á uno de los viejísimos álamos blancos que entónces rodeaban la Ermita, en cuya especie de atrio penetró al fin aceleradamente, diciendo con afectuosa voz:

—¿Usted aquí? ¿Usted esperándome? ¿Qué significa esto? ¿Qué ocurre? ¿Cómo ha sabido usted que yo llegaba?

—Por D. Trinidad Muley... (contestó la que ya debemos llamar vieja, cogiendo las manos de Manuel y llevándoselas á la cara para que tocase su llanto.)—Pero no acuses al señor Cura por haberme revelado tu secreto... ¡Era preciso que yo lo supiera!—Además, él no guarda misterios conmigo... ¡Sabe lo que te quiero!... ¡lo que te he querido desde que murió tu padre!—Ven; siéntate aquí... ¡Tenemos que hablar mucho, y estoy cayéndome!...

Así diciendo, la buena mujer acercó el jóven á uno de los asientos de cal y ladrillo que decoran todavía aquel porche y que sirven de lugar de descanso á los paseantes y á los devotos.

Manuel estaba estupefacto, ó, por mejor decir, perdido en un mar de diferentes y encontradas conjeturas...—Sentóse, pues, sin atreverse á preguntar más, de miedo á desvanecer los últimos sueños de su esperanza... Pero, viendo que su interlocutora no acertaba tampoco á explicarse, dijo al fin con trabajosa resignacion:

—Algo muy bueno ó muy malo ocurre, cuando usted ha salido á recibirme de esta manera...—No quiero ponerme en lo peor, y comienzo por admitir lo que sería la felicidad para todos...—¿Ha venido usted á aconsejarme que no éntre en la Ciudad en són de guerra, visto que su esposo de usted transige, ó podria transigir conmigo, si yo me acomodase á guardar tales ó cuales miramientos?—¡Respóndame con entera franqueza!—¡Ah! ¡Se calla usted!...—¡Luego no es eso lo que ha venido á pedirme!

—No, Manuel... No es eso... (repuso la atribulada madre.)—Lo que yo he venido á pedirte (y perdona que te hable de tú; pero así te hablé cuando eras muchacho, y ¡bien sabe Dios que siempre te he querido como á un hijo!...); lo que yo vengo á suplicarte es que te vuelvas... ¡que no entres en la Ciudad!—¡Te lo ruego, por lo que más ames en el mundo!

Manuel respondió sarcásticamente:

¡Por lo que más ame en el mundo!...—¡Qué contradiccion y qué escarnio! ¿Cuántos amores cree usted que tengo yo?—¡Que me vuelva! ¡Que no éntre en la Ciudad!...—¡Eso es muy fácil decirlo; pero pídale usted á un rio que vuelva á la montaña, y verá qué caso le hace!...—En fin: ¿á qué cansarnos? Ya estoy al cabo de lo que usted tenía que decirme: que D. Elías sigue negándose á todo: que estamos como al principio: que tendré que luchar...—¡Pues lucharé cuanto sea necesario!...

—Tampoco es eso, Manuel...—Mi marido no se opone ya á nada...