—¡Ah! ¡D. Elías transige!... (exclamó el jóven, lleno de sorpresa y de alegría.) Pues, entónces, ¿qué nos detiene? ¿qué puede importarnos el resto del mundo?—Yo vengo dispuesto á todo... Yo le daré satisfaccion cumplida al pobre anciano... ¡Conozco que aquel dia estuve demasiado cruel!—Además, le traigo su millon...—Aquí lo tengo, en letras sobre Málaga...—¡Mi padre, al verme pagar esta deuda, bendecirá mi union con Soledad!...—¡Ah, señora!... Acabo de nombrar al alma de mi vida... ¡Hábleme usted de ella! ¡Hace ocho años que no tengo noticias suyas!...—Dígame usted que me quiere todavía...; que ella es la que ha vencido á su padre...—¡Se calla usted tambien!—Señora: tenga usted mejores entrañas... ¡Sáqueme de esta horrible angustia!—¿Qué sucede? ¿Qué ha pasado durante mi ausencia?

—Tranquilízate, hijo mio... ¡Me asusta verte así! (respondió la pobre mujer, llorando de nuevo.)—Yo te lo diré todo, si me juras volverte..., si me juras no entrar en la Ciudad...—¡Oh, no pongas esa cara!... ¡No te irrites!...—¡Dios mio! ¿Para qué querrá este hombre saber desventuras? ¿Para qué querrá ser tan desgraciado como yo?

—¡Hable usted, señora, por los clavos de Cristo, y, sobre todo, no me diga más que me vuelva!—¡Eso es un sacrilegio, cuando vengo de pasar ocho años de expatriacion y de lucha, y acabo de andar miles de leguas, pensando siempre en llegar adonde ya he llegado!—¡Hable pronto, ó monto á caballo, y voy á su casa de usted á averiguar por mí mismo el horror que trata de ocultarme!...—Pero me equivoco... me atormento demasiado... ¡No es posible que Soledad haya muerto!...—Lo que sin duda ocurre es que su marido de usted pretende algo muy difícil... algo absurdo...—¿Digo bien? ¿No es eso?—Pues no se apure usted... Todo se arreglará con calma y moderacion...

La señá María Josefa vaciló todavía unos instantes, hasta que al fin murmuró sordamente:

—Vuelvo á decirte que mi marido no pretende nada.—¡Mi marido ha muerto!

—¡Loado sea Dios! (exclamó el Niño de la Bola con la feroz solemnidad de una implacable justicia.)—¡Si hay otro mundo despues de este, ya habrá sido vengado mi padre!—Perdono al autor de todas mis desgracias...

—Tambien te perdono yo á tí (repuso la triste viuda) esa crueldad con que recibes la noticia de una de mis penas, y te suplico que no sigamos adelante...—¡Véte, Manuel! ¡Véte por donde has venido, y no quieras saber más desdichas!

El jóven se levantó horrorizado al oir estas últimas palabras.

—¡Dios de Israel! (gritó con un acento de dolor más que humano:) ¡Mi desventura es cierta! La tierra se abre bajo mis plantas... El cielo se hunde sobre mi frente... El mundo ha llegado á su fin...—¡Soledad ha muerto!

—¿Qué dices, desventurado? (replicó la madre, llena de pavor.) ¡Morir mi hija!...—¡Oh!... no lo creas... ¡Tu pobre corazon te engaña una vez más!—¡Entónces hubiera muerto yo tambien! ¡Entónces no estaria aquí!...—Vamos... ¡ven!... siéntate... ¡cálmate!—¡Me estás asesinando con tantas locuras como te ocurren!