Manuel exhaló un hondo suspiro, como despertando de un espantoso sueño, y, dejándose caer en los brazos de la anciana, tartamudeó con infinita dulzura:

—¡Soledad vive!...—¡Oh! ¡cuánto he padecido en breves momentos!—Dios se lo perdone á usted...

Y quedó como aletargado de felicidad.

—¡Esto es querer!—murmuró sentidamente la angustiada viuda.

—¡Soledad vive, y D. Elías ha muerto! (añadió el jóven al cabo de unos segundos.)—¡D. Elías, mi implacable enemigo, el enemigo de ella, el enemigo de usted misma!...—¡Cuán felices podemos ser ahora!—¿Cree usted, mi buena madre, que yo ignoraba el cariño y la proteccion que me dispensó usted siempre?—¡Pues lo sabía! ¡D. Trinidad Muley me enteraba de todo!...—¡El buen D. Trinidad, mi amigo, mi tutor, mi segundo padre!...

—Hoy le he hablado... (se apresuró á exponer la señá María Josefa.) Y él, lo mismo que yo, opina que debes...

—¡No vuelva á decírmelo! (profirió el jóven, acariciándola.) ¿Qué manía es esa? ¿Por qué hablarme de que no éntre en la Ciudad, cuando la suerte lo ha arreglado todo de manera que podemos ser enteramente dichosos?—¿Que nuevo obstáculo se opone á ello? ¡Alguna cavilacion del bueno del señor Cura, ó algun infundado recelo de usted!—¿Creen ustedes acaso que Soledad no me quiere?—¡Pues sí me quiere, aunque ella misma les haya dicho lo contrario!—Lo sé yo.—Lo sabe mi alma...—¡Verá usted, enseguida que me mire, en seguida que me hable, cómo su alma es mia!...—¡Yo la conozco!... Ella oculta sus sentimientos; pero nuestro cariño se parece al sol; que, aunque se nubla en apariencia, siempre arde lo mismo...—¡Ah, señá María! Yo soy ya otro hombre. Soy bueno; soy pacífico...—¡No en balde se da la vuelta al mundo, como yo se la he dado dos veces! ¡No en balde se vive tanto y de tan diversos modos como yo he vivido!—Así es que todos mis sentimientos é ideas han cambiado en estos ocho años, ménos mi amor á Soledad y el cuidado de la honra de mi apellido...—¡Oh! ¡cuánto he batallado con la suerte en África, en la India, en Filipinas y en ambas Américas!—¡Y cómo me ha favorecido la fortuna! Ya soy más rico que fué mi padre en sus buenos tiempos... En Málaga he dejado un capital... En el maletin del caballo traigo arrobas de oro y de piedras preciosas...—He sido General en la América del Sur... He vencido Caciques indios, que es como quien dice Reyes, y yo mismo he podido tambien ser Rey de aquellas tribus salvajes...—No cuente usted nada de esto; pues nadie lo creeria...—¡Le traigo á Soledad unos regalos!...—¡Y tambien á usted!...—¡Al mismo D. Elías le destinaba un magnífico presente!...

—¡Malhaya sea el dinero! ¡Él tiene la culpa de todo!—rezó fatídicamente la madre, cuyos ojos, clavados en el suelo, seguian derramando lágrimas amarguísimas, en tanto que Manuel, sentado junto á ella y casi abrazándola, le contaba, con aquella inocente ingenuidad de niño, cómo habia logrado conquistar el vellocino de oro...

—¡Malhaya sea el dinero! digo yo tambien... (respondió el jóven con cierta acritud.)—Pero no empiezo á decirlo ahora... Lo he dicho siempre; y, si me fuí á recorrer el mundo en busca de más oro del que nuestra Sierra podia darme, ¡usted sabe en qué consistió!—Por lo demas, el caudal que yo traigo ha sido ganado honradamente en los campos de batalla, como los tesoros de muchos Reyes de Europa.—¡Yo soy siempre el hijo de D. Rodrigo Venegas!...—En fin, vámonos á la Ciudad...—El arriero me está aguardando...—Yo la acompañaré á usted con el caballo del diestro, y, si usted lo permite, esta misma noche hablaremos con su hija y quedará arreglado todo en cuatro palabras...—¡Vamos!... señora...—No perdamos un tiempo precioso...

Y, así diciendo, el jóven se puso de pié, como resuelto á marcharse en seguida.