La señá María Josefa no se levantó, sino que hundió el rostro entre las manos y comenzó á gemir desconsoladamente, exclamando con desgarrador acento:

—¡Ay Dios mio! ¡Ay Dios mio de mi alma! ¿Qué va á ser de nosotros?—¡Esto es una perdicion!—¡Pobre hija de mi vida!

Manuel se quedó frio como el mármol, y un sudor de muerte corrió por su descompuesto semblante.

—Señora... (tartamudeó al fin.) ¡Hablemos claros!—¿Qué nueva infamia ha ocurrido durante mi ausencia?—¡Dígamelo pronto, ó voy yo mismo á averiguarlo á la ciudad!...

—¡Manuel! ¡Manuel! (clamó la pobre anciana.) ¡Á la ciudad no! ¡Vámonos á otra parte!... á donde tú quieras... ¡Yo te acompañaré hasta el fin del mundo! Yo pasaré contigo lo que me reste de vida... Yo seré para tí una madre cariñosa... una madre tiernísima...

—Pero, ¿y Soledad? (gritó frenéticamente el Niño de la Bola.) ¿Qué haremos de Soledad? ¿Qué ha sido de ella?—¡Pronto! ¡pronto! ¡sin discurrir más mentiras!

—No sé... No me lo preguntes...—¡Soledad no merece nuestro cariño!—La abandonaremos...—Yo misma no la veré ya más...—Anda... ¡Vénte, hijo mio!...—Llama á ese hombre, y vámonos á América, á Portugal, á Filipinas, á donde tú dispongas...

—¿Y Soledad? (repitió Manuel con tal violencia, que la madre retrocedió espantada.) ¿Qué ha hecho usted de su hija? ¿Con quién se quedará Soledad?

Hubo un instante de silencio, durante el cual se oyó el tempestuoso latido de aquellos dos corazones.

Manuel fué el primero que recobró aliento para seguir marchando hácia el abismo, y dijo con la pavorosa tranquilidad del que se suicida.