—Nada tiene usted ya que explicarme...—Soledad se ha casado.
La madre cayó de rodillas por toda contestacion, y tendió hácia el jóven las manos cruzadas, como pidiendo indulto.
Reinó otra vez un funerario silencio.
Venegas permaneció algunos instantes bajo el peso de las ruinas que acababan de caer sobre su alma. ¡Todo un mundo se habia hundido en ella!—El coloso tuvo un momento, nada más que un momento, la suprema ilusion de creerse inferior á su desventura, y acaso imaginó tambien esta vez, como la triste noche que siguió al entierro de su padre, que habia muerto y sido sepultado...
Pero no tardó en rehacerse la fiera bajo los escombros de su juventud malograda, saliendo de entre ellos mucho más horrible que del terremoto que puso fin á su niñez: lanzó un tremendo alarido, que hizo temblar y botar espantado al noble bruto que le aguardaba allí cerca, y, agachándose hácia la horrorizada víctima que yacía á sus plantas, díjole con enronquecida voz:
—¿Quién? ¿Quién ha sido? ¿Quién se ha casado con mi mujer? ¿Cómo se llama el temerario?—Ni ¿qué me importa su nombre?—¡Morirá, sea quien fuere! ¡Morirá, aunque se esconda en el centro de la tierra!—De esto no hay más que hablar: ¡es cosa decidida!...—Pero dime, vieja infame, embustera, llorona, peor mil veces que el escorpion con quien estuviste casada: ¿cómo has podido consentir que Soledad?... ¿Qué has hecho para reducirla?... ¿Cómo se ha prestado ella?...—¡Ah! ¡la hipócrita! ¡la impúdica! ¡la vil criatura que yo tomaba por un ángel!... ¡Casarse con otro hombre! ¡Qué horror! ¡Qué asco! ¡Qué miseria!—¡Todos sois de una misma casta de reptiles; el padre, la madre, la hija!
—¡Ella es inocente!—respondió la anciana, irguiéndose poco á poco ante aquellos bárbaros insultos.
—¡Morirá!—pronunció Manuel, extendiendo el brazo como si jurara.
—Su padre fué quien la obligó á casarse... Ella no queria... ¡Te lo juro por lo más sagrado!...
—¡Morirá!—repitió Manuel implacablemente.