—¡Ántes morirás tú mil veces, dragon de los infiernos! (gritó al fin la madre, levantando la cara hasta rozar con la del jóven.) ¡Estás enfrente de una madre resuelta á todo, á matar, á morir, á llorar hasta que se ablande tu alma de piedra, á servirte de criada... á todo, ménos á ver padecer á su hija..., ménos á ver sin padre al nieto de su corazon!...—Ya lo sabes, monstruo...—Puedes tomar el camino que gustes...

Una carcajada histérica y salvaje estalló del pecho de Manuel y se dilató por los silenciosos campos.

—¡La desvergonzada ha tenido un hijo!... (rugió luégo convulsivamente.) ¡Un hijo de cualquiera!—¡Cómo se multiplican estos bicharracos!—¡Cuántos, cuántos tengo que matar, comenzando por usted, que es la abogada de todos ellos!...—¡Rece usted el credo, señá María!

La anciana dió un agudo chillido, creyéndose muerta; y, como no pudiese escapar, volvió á caer de rodillas, y se abrazó á los piés del insensato.

—¡Así! ¡Así! ¡Á mis plantas!... (exclamó éste con satánico regocijo.)—¡Oiga usted en esa postura mis instrucciones, á ver si, complaciéndome en todo, conquista usted una conmutacion de pena!—Ahora no le habla á usted ese traidorzuelo que se ha amancebado con su hija... ¡Ahora le hablo yo, el verdadero marido de Soledad!...—Dígale usted á ese hombre que se marche de la casa en que ya está de más, á donde yo tengo que ir esta noche, no sé si á besar á mi mujer, ó á pegarle, ántes de matarla...—Dígale usted que por la mañana temprano lo buscaré á él donde quiera que se agazape; para lo cual iré siguiendo con el olfato su pista de acobardada garduña ó de zorro ladron, y lo mataré como quien mata un insecto...—Dígale á Soledad que he llegado; que eche su hijo á la Inclusa, y me espere bien vestida hasta que yo vaya á verla ó le mande recado de que la espero...—Dígale que yo... que Manuel Venegas... que el Niño de la Bola...—¡Oh! ¡No le diga nada!...—¡Ay Dios mio!... ¡Se me va la cabeza!... ¡Yo me vuelvo loco!...—¡Aire! ¡Aire!—¡Pobre Soledad mia! ¡Soledad de mi alma! ¡Soledad! ¡Soledad!

Y, gritando de esta manera, sollozando ó riendo, pero sin derramar ni una lágrima, salió tambaleándose de la Ermita, montó á caballo, y desapareció fuera de camino, por en medio de los oscuros sembrados, como si huyese á un mismo tiempo de las tierras en que habia estado ausente tantos años y de la Ciudad á cuyas puertas acababa de ser herido de muerte.


III.

DE LO QUE AQUELLA NOCHE
PENSARON Y DIJERON
LOS HABITANTES DE LA CIUDAD.

La súbita noticia de que el Niño de la Bola estaba de vuelta, colmado de riquezas, y tambien de ira, cundió aquella misma noche por toda la Ciudad con la rapidez del pavor, cual si se tratase de la llegada del cólera ó de la proximidad de un ejército enemigo.—El arriero malagueño, vagando con sus tres cargas por aquellas calles para él desconocidas, sin saber dónde meterse, y teniendo que preguntar á los transeuntes «por un D. Manuel Venegas que habia venido con él de Málaga y de quien se habia apoderado, al pasar por delante de cierta Ermita, una especie de alma en pena, vestida de negro», fué el primero que, ya cerca de las Ánimas, reveló al público tan interesante nueva, confirmada poco despues por una antigua criada de la señora de Arregui (álias la Dolorosa), que tuvo que ir á la botica de la Plaza por tila y flor de azahar para la señá María Josefa, y contó de camino á cuantos halló al paso todo lo acontecido en el santuario campestre, tal y como la madre acababa de referírselo á su hija...