Era ya muy tarde para que, en un pueblo tan anticuado, se prolongaran mucho en calles y plazas los corrillos y comentarios de las gentes, áun tratándose de negocio de tanta monta; por lo que todos se contentaron con cerciorarse de la verdad del hecho, y se marcharon á sus casas, á rumiarlo santamente en familia, al propio tiempo que la ensalada de la cena...—Podemos, pues, asegurar que, empezando por el Palacio del señor Obispo y concluyendo por la última cueva de gitanos, todo el mundo se acostó y durmió aquella noche pensando en nuestro héroe, en la dramática historia de su juventud, en su amor á Soledad, en las amenazas que profirió al marcharse y en el conflicto que de seguro iba á ocasionar su vuelta.
Los necesitados de dinero recordaron además la generosa esplendidez con que el hijo de D. Rodrigo habia sacado de apuros á muchos pobres cuando sólo poseia algunos miles de reales, y prometiéronse, al saber que llegaba de Indias con tres cargas de onzas, salir de deudas y trabajos, sin más que presentarle una apuntacion de lo que les hacía falta para ponerse á flote. Las mozas por casar, especialmente las llamadas señoritas, preguntaron si venía soltero, y hablaron pestes de la Dolorosa. Pensaron los médicos en que tenian un buen cliente más: los sacristanes discurrieron sobre cuánto valdria el entierro de un indiano tan rico, en la prevision de que se muriese al hallar casada á su antigua novia: conocieron los matones... sede vacante, que habia llegado el propietario de su precaria autoridad, y convinieron en que el Niño de la Bola debia matar á Antonio Arregui (á ver si lo ahorcaban de resultas, ya que Antonio Arregui no optase por matarlo á él): receló el nuevo Obispo de la Diócesis, persona muy santa y entendida, si aquel extraño personaje vendria á perturbar las conciencias: el Alcalde y el Juez temieron que les hubiese caido trabajo; y escribanos y procuradores holgáronse por la inversa en tal expectativa...—Todos, en fin, auguraron una tragedia espantosa al entregarse aquella noche en brazos del sueño con la mayor comodidad posible, dándose acaso cuenta, al arroparse y tomar la postura favorita, de que no amaban al prójimo tanto como á sí mismos, y alegrándose indudablemente de que ninguna persona de su casa ó de su particular afecto se hallara en el duro trance de Antonio Arregui, de Soledad y de Manuel Venegas...
Dos excepciones habia en el pueblo por lo tocante á recogerse temprano.—Era una de ellas la Botica de la Plaza, que no se cerraba hasta las diez, y donde el mancebo ó practicante que la regentaba (persona importantísima, que ha de figurar mucho en el resto de nuestra historia) tenía tertulia de hombres solos, casi todos mozalvetes muy mal criados, bien que algo instruidos en materias asaz delicadas; y era la otra la casa de un antiguo hijodalgo (ya no se daba á nadie este título, ni existian los privilegios inherentes á él); hombre muy acaudalado y culto, grande admirador de Moratin, afrancesado en 1808 y en 1823, y miembro á la sazon de la Sociedad secreta llamada «Jovellanos»; el cual no cerraba sus puertas hasta las once, que se retiraban las cuatro ó seis personas de clase y de ciertas ideas á quienes tenía la dignacion de recibir despues de cenar, ó sea al punto de las nueve...
En la botica, ó mejor dicho, en la trasbotica, hablóse largamente de la llegada del Niño de la Bola, no faltando ya quien supiera y contase (por acabárselo de oir á la hermana del ama de D. Trinidad Muley) que éste habia recibido quince dias ántes una carta del jóven, fechada en Málaga (y sin señas, para evitar toda contestacion), en que le decia, bajo el mayor secreto, que el sábado 5 de Abril llegaria á la Ciudad, para cuya fecha necesitaba que le hubiese tomado una casa muy buena y en muy buen sitio y que se la tuviera algo amueblada: que Manuel era, por consiguiente, (y no el nuevo Dean, como se habia contado) quien iba á vivir en aquella misma Plaza, en el antiguo edificio denominado Casa del Chantre; que ya estaba constituida en ella la susodicha hermana del ama de gobierno del Cura, con el alto empleo de ama de llaves del hijo de D. Rodrigo, en cuya calidad acababa de recibir las tres cargas de onzas, perlas, diamantes y rubíes que tanto habia paseado por las calles el arriero; y, en fin, que nada habia vuelto á saberse del Niño de la Bola desde que, ya muy anochecido, lo vieron unos guardas cruzar á escape por en medio de los sembrados de la vega, como si él ó su caballo se hubiesen vuelto locos; pero que D. Trinidad Muley andaba ya en su busca, caballero en una pollina, siendo de esperar (de temer, dijo el relatante) que, si lo encontraba á tiempo y conseguia calmarlo, no ocurriese nada por aquella noche...
Como todos los asistentes á la trasbotica tenian al dedillo la historia del casamiento de Soledad con Antonio Arregui, y sabian quién era este sujeto, y estaban al tanto de las demas ocurrencias habidas en casa de D. Elías Perez desde que Manuel Venegas se ausentó de la poblacion, no hubo para qué referir allí tales sucesos, y contrájose el resto de la velada á exponer cada cual el desenlace que á su juicio convenia mejor á aquella tragedia, en cuyo punto opinó Vitriolo (así llamaban al mancebo) que debian morir todos los personajes; esto es, Manuel, Antonio, la Dolorosa, su madre, y hasta, si venía al caso, el mismo D. Trinidad Muley...
En cambio, y con motivo de hallarse presente una forastera (nada ménos que hija de Madrid y prima segunda de un marqués; la cual habia ido á la Ciudad á vender sus últimas fincas, y estaba de huéspeda en casa del ilustre moratiniano, por habérsela recomendado en carta autógrafa uno de los Ministros de entónces,—miembro tambien de la citada Sociedad secreta, al decir de los irritados esparteristas), fué indispensable contar aquella noche en tan encopetada tertulia toda la vida y milagros de D. Rodrigo, del usurero, de Manuel, de Soledad y de Antonio Arregui; tarea que desempeñó á las mil maravillas el propio dueño de la casa, Académico Correspondiente de la Lengua y Doctor in utroque jure, llamado por más señas D. Trajano Perícles de Mirabel y Salmeron,—cuyos paganos é ilustres nombres de pila (digámoslo de pasada) daban claro á entender que su candoroso padre habia sido, como otros muchos españoles del reinado de Cárlos III, muy amante de la Enciclopedia... y tambien del Bautismo.
Comenzó, pues, tan autorizado sujeto por referir todo lo que nosotros hemos narrado en el Libro Segundo de la presente obra, ó sea hasta el instante que Manuel Venegas se ausentó del pueblo despues de la inolvidable escena de la Rifa; y, llegado que hubo á aquel punto crítico de su relacion, bebió agua, tomó aliento y rapé, y continuó de la manera siguiente...
Pero ántes de copiar lo que dijo, no estará de más que nos fijemos un poco en la citada forastera y tambien en cierto jovenzuelo, de ella locamente enamorado, que á la sazon fluctuaba allí entre el suicidio y la gloria, y el cual interesará en algun modo á nuestros lectores, por más que su papel en este drama sea tan breve, accidental y episódico como el de la pobre mujer que tantas grandezas y tantas locuras de la Corte representaba á la sazon en aquel oscurecido pueblo.