DOS RETRATOS, POR VÍA DE ENTREMES.
(CAPÍTULO INÚTIL, QUE PUEDEN DEJAR DE LEER LOS IMPACIENTES.)

La aristocrática madrileña frisaria en los treinta años, y era una valiente hembra, alta, desenvuelta y garbosa, cuya magistral elegancia suplia con exceso cualquier deterioro que el vivir muy de prisa hubiese causado á su natural hermosura. Tenía mucho talento, mucha gracia y, sobre todo, mucho mundo: conocia y trataba indudablemente (pues ya habia recibido cartas que lo probaban) á todas las personas notables de Madrid, empezando por D. Evaristo Perez de Castro, á la sazon Presidente del Consejo de Ministros, y concluyendo por Olózaga, el orador más insigne de la oposicion: hablaba el frances, el inglés y el italiano, y siempre estaba leyendo libros en estos idiomas, no sólo de Literatura, sino de Medicina, de Historia Natural, á que era muy aficionada, y alguno que otro de Filosofía antireligiosa...: iba, empero, á misa todos los domingos y fiestas de guardar, y áun agradábale la conversacion de los sacerdotes ilustrados y bien vestidos: tocaba perfectamente el piano: cantaba de memoria óperas enteras: montaba á caballo en todas posturas: aseguraba que sabía nadar (como lo acreditaria en llegando el verano): tiraba, en fin, muy bien la escopeta y la pistola; y, sin embargo, ó, por mejor decir, en medio de todo esto, no habia sido recomendada al señor de Mirabel en concepto de casada ni de viuda, sino en calidad de soltera; lo cual pareció á aquellos atrasados vecinos y vecinas mucho más extraordinario y sorprendente que todas las dichas habilidades.

—«Es una Diana Cazadora»...—solia exclamar D. Trajano, muy orgulloso y satisfecho de alojar en su casa aquella notabilidad, y más prendado de sus hechizos y salvaje pudor (sic) de lo que convenia á un hombre tan provecto, respetable y acaudalado...

—No niego yo que sea una Diana en cuanto á la castidad (le argüia su mujer cuando estaban solos); pero, ¡quién sabe si resultará una Diana pescadora!...

Y era que la esposa del jurisconsulto temia que, por fin de fiesta, tuviese que quedarse su marido con las malparadas fincas de la cortesana en el precio que á ésta se le antojase pedir...

En cambio, el mencionado jovenzuelo sentia una adoracion fanática, ciega, absoluta, hácia aquella divinidad relativa; lo cual comprenderemos mejor penetrando en la imaginacion de él, que aquilatando los merecimientos de ella.—Lo que allí ocurria era lo siguiente:

En todas las poblaciones subalternas de Europa, y especialmente en las estacionarias y vetustas como aquella Ciudad, hay casi siempre, desde los comienzos de nuestro alborotado siglo, un organista que sueña con eclipsar á Rossini, un coplero que sueña con eclipsar á lord Byron, ó un albéitar, lector de periódicos, que sueña con eclipsar á Marat; un jóven, en fin, pálido y tétrico, que huye de la gente, y pasea solo por los desiertos campos; foco de pensamiento y de bílis; hígado con piés y sombrero; declarado enemigo de cuanto ve en torno suyo, y cónsul moral de todo lo de fuera, cuya febril imaginacion sigue los pasos á las celebridades contemporáneas más de su agrado, como el astrónomo sigue la marcha de los planetas que nunca ha de visitar y que ruedan indiferentes por el cielo, sin sospechar la existencia de los observatorios.

De estos Mirabeaus, Napoleones ó Balzacs en hierba (en agraz, decimos los españoles), unos mueren ántes de llegar á los veinte años, aplastados por su propio genio ó por la desesperacion: otros se allanan lenta y penosamente á bajar al nivel de sus vulgarísimos paisanos, y acaban en Secretarios de Ayuntamiento ó en oficiales de escribanía: otros logran levantar el vuelo...; pero caen mal en la metrópoli de su patria, llámese Paris ó Madrid, Viena ó San Petersburgo, y mueren de hambre, se pegan un tiro, ó se inutilizan y frustran más deplorablemente, bajando á la sima del deshonor por el plano inclinado de la miseria...: algunos, en fin, llegan á ser grandes hombres, poetas laureados, oradores insignes, generales, ministros, millonarios..., y legan su nombre á las generaciones futuras.

No sabemos qué porvenir tendria reservada la suerte al jovenzuelo de que vamos á hablar... Pero él era á la sazon el presunto gran literato de aquella tierra; y, la verdad sea dicha, mostraba algunas condiciones para ello; inagotable ternura en el alma, mucho fuego para admirar, y una terrible soberbia contra la injusticia.—Dábale por escribir tragedias románticas: Víctor Hugo era su ídolo. Ya habia devorado todos los libros del pueblo, que ascendian á millares de volúmenes, procedentes de los extinguidos conventos de frailes y de la biblioteca de un sabio dean, muy amante de las letras profanas, que acababa de pasar á mejor vida.—Hacía el número ocho entre los doce hijos (todos varones, como los de Jacob) de un procurador no tan rico en bienes de fortuna como en herederos de su limpia fama, el cual sólo podia darles sustento y ropa, y de modo alguno carrera en la Universidad, lo cual lamentaba muy singularmente el buen hombre por este su adorado Pepito, cuyo talento le parecia superior al de todos los sabios de que hablaban las historias y al de todos los ministros que figuraban en los periódicos. Obligábale, pues, á ir á Palacio á visitar al nuevo Obispo de la Diócesis, como habia pedido á don Trajano que lo admitiese en su tertulia, tan luégo como se enteró de las buenas relaciones que tenía en Madrid la forastera, esperando sin duda el amantísimo padre (¡téngalo Dios en su santa gloria!) que Su Ilustrísima, admirado de los hermosos versos que componia el chico, lo hiciese de golpe canónigo de gracia, con lo cual ya tenía abiertos los caminos de la Mitra, de la Senaduría, del Capelo y hasta de la Tiara, ó que la prima del marqués lo recomendase á María Cristina, á fin de que esta augusta señora lo llamase á la Corte y lo pusiese en candelero.

En lo demas, Pepito vivia solo, tanto porque las gentes de la poblacion estaban heridas de su saber y de su orgullo, cuanto porque él despreciaba la conversacion de aquellos bienaventurados. Á veces no podia ya con el sublime fastidio propio de las naturalezas privilegiadas, y envidiaba la fácil dicha de los modestos, y, sobre todo, entrábale un ánsia de amor, una necesidad de ser amado, un hambre de lisonjas de mujer, que rayaba en verdadero delirio... Pero su corazon le decia á voces que las incultas y recelosas señoritas de aquel pueblo no se atreverian nunca á franquearse con él, ni él sabría tampoco hablarles en estilo y forma que no las abochornara y retrajese, y, como consecuencia de todo ello, lo pasaba bastante mal.