V.

DE CÓMO SE CASÓ ANTONIO ARREGUI.

—Meses, años, lustros (ó, por lo ménos, un lustro y parte de otro) pasaron sin que volviese á haber noticias del mal llamado Niño de la Bola...—Digo más: hasta hace dos horas y media, no ha sabido nadie en la Ciudad si era muerto ó vivo, si habia logrado enriquecer ó estaba en la miseria, ni qué zona, clima ó region del globo presenciaba su gigantesca lucha con el Hado...

—Pero ¿por qué no escribia?—interrogó la madrileña, cuyo interes hácia aquel drama de carne y hueso, tan apropiado á los gustos literarios de entónces, se comprenderá fácilmente.

D. Trajano respondió en el acto:

—¡Tampoco escribió Diego Marsilla á Isabel de Segura en la comedia que está hoy tan de moda y que tanto entusiasma á usted!—Además (y dejándonos de comparaciones), el hijo de mi infortunado amigo no era hombre de hacer las cosas á medias, y, por lo tanto, explícase muy bien que le repugnara dar cuenta y razon de su paradero y del estado de sus fondos... Semejante oficiosidad hubiera equivalido á hallarse presente y ausente á un propio tiempo; de donde se habria debilitado el prestigio que siempre acompaña y da mayor estatura á todo lo arcano y misterioso;—doctrina artístico-literaria que se me ocurre en el calor de la improvisacion, y respecto de la cual, oh bella Marquesita, nosotros los clásicos convenimos con ustedes los románticos...

—Adelante,—repuso la veterana deidad, mirando con tentadora indulgencia al retoñado viejo.

—Ni ¿á qué escribir tampoco? (prosiguió el señor de Mirabel.)—Sus tremebundas amenazas no podian ménos de estar vivas en la memoria de estos naturales, y repetirlas era como presuponer el propio interesado que álguien pudiese echarlas en olvido.—En cuanto á escribir á la misma Soledad, hubiera sido perder el tiempo lastimosamente, dado que el astuto y vigilante D. Elías habria interceptado todas las cartas... Mas, áun prescindiendo de tal consideracion, ¿qué podia Manuel decir á la jóven?—¿Que no le olvidara? ¿que lo quisiese? ¿que lo aguardase hasta su regreso?—¡Harto sabe usted, mi querida doña Luisita, que esas cosas no se piden; y hasta me aventuro á añadir que el suplicarlas es contra-producentem!...—Ergo no debe acusarse al hijo de mi amigo (como se le ha acusado aquí esta noche) por no haber escrito á nadie durante su prolongada ausencia...—¡Yo, en su caso, hubiera hecho lo mismo!

—¡Tú, Mirabel! (exclamó la jubilada esposa del anciano jurisconsulto.) ¡Repara en lo que dices! ¿Te vas á comparar ahora con ese muchacho?