—¡Déjame, Tecla! Tú no entiendes de estos achaques, considerados bajo su aspecto artístico...—replicó D. Trajano con tal autoridad, que su pobre mujer se arrepintió de haber abierto la boca.
Los tertulianos indígenas cerraron por su parte los ojos, como dando á entender que ellos no se atreverian en ningun caso á hacer observaciones á aquella especie de Salomon con tupé y patillas, y mucho ménos delante de la sobrehumana forastera.
En cuanto á Pepito, habia salido á buscar noticias, por indicacion de toda la tertulia, poco ántes de que D. Trajano comenzase su relacion.
—¡Pues sí! (continuó victoriosamente el neopagano.) Manuel procedió como era debido dejando rodar el mundo y pasar el tiempo, á fin de que cada cual obrara secundum se, naturaliter y sin presion exterior ó extrínseca.—¡Lo contrario hubiera sido mantener un estado de cosas violento y falso, de muy mal agüero como prolegómeno de posibles nupcias!—Conque dejemos esto, y pongamos sobre el tapete á Soledad; pues veo, mi querida Luisa, que está usted deseando saber cómo la adorada por el Niño de la Bola pudo casarse con otro hombre, ó cómo hubo hombre que se atreviese á casarse con ella...
—¡C’est ça!—respondió vivamente la cortesana.
—Dice que «así es»... (advirtió el afrancesado, dirigiéndose á su habitual tertulia.)—Pues señor... (añadió luégo:) Soledad estuvo muy mala cerca de un año, despues de la partida del osado Venegas, y, durante aquel tiempo, su padre no pensó más que en cuidarla, hasta que, dichosamente, en fuerza de mimos y desvelos, y de traer médicos de todas partes, consiguió hacerle recobrar la salud.—Dedicóse entónces D. Elías por sí, ó por medio de terceras personas, á buscarle marido, procurando que ni ella ni su madre lo notaran; pero, dicho sea en honra y gloria del amador ausente, nadie se prestó á disputarle el corazon, ó la mano, de su elegida, y eso que el antiguo usurero (me valdré de sus expresiones) daba á la muchacha enterrada en onzas, y se la ofreció áun á sujetos de medianísima clase y sin ningunos bienes de fortuna; y eso tambien que la tal muchacha seguia siendo un primor de belleza, de quien todos estaban suficientemente enamorados.—Realizábase, en suma, aquel diabólico plan del hijo de mi amigo «de hacerse amo de los valientes de la poblacion, como medio infalible de llegar á serlo de Soledad»; pues excusado es decir que no todos los que se negaban á casarse con la millonaria lo hacian tanto por devocion amistosa á Manuel, como por miedo á las amenazas y juramentos que profirió al marcharse...—En cuanto á lo demas, si algunos interpelaban á D. Elías Perez sobre los sentimientos de su hija (para el caso de que se decidieran á pretenderla), todos oian una misma contestacion:
—«Ese es cuidado mio» (les respondia el viejo con la mayor calma).—Cuente usted con su conformidad.
«¡Asómbrese usted, Luisita!...—(Y no salga esto de aquí, señores, pues voy á revelar un hecho que conocen muy pocos, y que á mí me contó el mismo riojano, un dia que vino á consultarme acerca de otros asuntos,—y yo no quiero enemistades con entes como el que tengo que nombrar ahora...)—¡Asómbrese usted, digo! Una sola persona; el jóven más feo y más cobarde de la Ciudad; una especie de Cuasimodo sin belleza de alma que contrastase con la deformidad de su cuerpo... (¡Observará usted que tambien yo conozco á Víctor Hugo!...); un bicho malo y descreido, á quien todos trataban y tratan á puntapiés, por más que no pueda negársele algun ingenio y mucha (aunque detestable) ilustracion; un tal Vitriolo, en fin, mancebo de la botica que habrá visto usted en la Plaza, fué quien se atrevió, no ya á secundar indicaciones del usurero (que nunca se las hizo, tal vez por no considerarlo criatura humana), sino á tomar la iniciativa y dirigir una carta á Soledad y otra á su padre presentando su candidatura á la mano de la gentil doncella.—Alegaba el mísero, con la mayor formalidad del mundo, la belleza de su alma, la elevacion de su talento, su cultura (¡que el muy necio calificaba de superior á la de todo el vecindario!), su carencia de vicios, su laboriosidad, su despreocupacion en materias religiosas y políticas, y, sobre todo, la circunstancia de no temer ni poco ni mucho al valenton llamado el Niño de la Bola.
»Dicho se está que el padre y la hija despreciaron aquellas cartas, tomándolas como una broma de mal género; pero el jóven, viendo que no obtenia respuesta, se propasó á hablar personalmente del asunto con D. Elías; y éste, que en ocasiones sacaba á relucir un genio de todos los diablos, le contestó llenándolo de improperios y de sangrientas burlas, y diciéndole para terminar:
—«¡Líbrete Dios, sierpe venenosa, de volver á mandar cartas á mi hija; pues si ella se contentó dias pasados con obligar á un perro á comerse tu ridícula declaracion de amor, yo te obligaré á tí á tragarte los demas papeles que tengas la avilantez de dirigirle!»