Vitriolo se puso más verde de lo que era, y respondió con una risa que espantó á Caifás:

—«¡Pobre perro! ¡Procuren ustedes que no rabie!—Mi carta de amor, guardada en tal estuche, no podrá ménos de convertirse en verdadero ácido sulfúrico.»

«Y, dicho esto, se volvió á su casa, donde estuvo enfermo dos ó tres meses.

»He contado á usted esta anécdota, para que forme juicio del extremo á que llegaron las cosas por la obstinacion del prestamista en casar á Soledad con cualquiera que no fuese Manuel Venegas, y tambien para que se haga usted cargo de lo humillada y afligida que estaria por dentro la Dolorosa en la difícil situacion que le habia creado la desventura...—Por lo demas, nuestra heroína seguia en apariencia lo mismo que siempre; serena, impasible, callada en todo lo relativo á Manuel, afectuosísima y zalamera con el embobado don Elías, acompañándolo á la iglesia y á paseo, gastándole cada año un dineral en vestidos y joyas, y contestando con frias sonrisas de lástima á los jóvenes que osaban dirigirle alguna galantería...—¡Dios me perdone si me equivoco; pero, en mi concepto, aquella muchacha tan hermosa y tan rica, estaba como indignada al ver que ningun hombre se atrevia á arrostrar la muerte por ella!

»De este modo pasaron seis años.—D. Elías Perez, agobiado por la edad y los sinsabores, se acercaba al sepulcro, y su desesperacion no tenía límites al pensar que dejaba célibe á Soledad y que el odiado Venegas podria regresar el dia ménos pensado y darle la mano de esposo. Ocurriósele entónces la idea de marcharse con su familia á otro país, donde no gravitaran sobre los ánimos las inolvidables amenazas del Niño de la Bola y le fuese posible hallar marido para la heredera de sus millones...—¡Pero ya era tarde! Un tenaz reuma no le consentia moverse... Estaba postrado en el lecho para no levantarse más.

»Como ni D. Elías ni la Dolorosa tuvieron nunca amigos ni confidentes, diferenciándose en esto de los héroes del teatro, sábese muy poco de las conversaciones que mediarian en aquel tiempo entre el padre y la hija, y sobre los verdaderos sentimientos de ésta. Sólo la madre (á quien la jóven trataba con el mismo despego y poca confianza que el riojano, cual si tampoco le perdonase el haber servido honradamente en calidad de criada al que seguia sirviendo humildísimamente en calidad de consorte); sólo la señá María Josefa, digo, habia logrado cogerles algunas expresiones; y, con referencia á ella, se asegura que D. Elías exclamó varias veces durante su larga enfermedad:

—«¡Hija mia! ¡cásate ántes de que yo me muera!»

»Y que la jóven le contestaba siempre:

—«¿Con quién? ¿con Vitriolo?—¡Ese es el único que me solicita!»

»Á lo cual solia poner la madre esta coleta, cuando hablaba del asunto con sus paniaguadas, ántes de que apareciese en escena Antonio Arregui: