—«¡Ya se ve! La muy picarilla conoce que está defendida por la sombra del que se marchó, á quien todos temen ver llegar de un momento á otro; y, por eso, y porque le gusta su papel de niña mimada, no le lleva la contraria á su padre.—¿Para qué, si nadie ha de pretenderla?—Mi hija quiere con toda su alma á Manuel; pero tiene mucho talento y mucha serenidad; pone todo su orgullo en no descubrir sus aficiones de ningun género, y no gusta de comprometerse á nada ni con nadie.—¡Yo no he conocido persona de más espera!»
»Muy digno de estudio me parece este comentario materno, clave y norma del carácter y de la conducta posterior y futura de Soledad; y usted, Marquesita, que tan aficionada es al análisis de los sentimientos, no podrá ménos de reconocer detras de esas palabras un corazon mucho más femenino que los que se empeñan en colocar los románticos dentro del corsé de las mujeres...
—¡Mirabel! ¡por Dios! ¡Que hay señoras!—no pudo ménos de exclamar la esposa del clásico.
—¡Tecla! ¡por la Vírgen! (replicó el preopinante:) Yo hablo de literatura..., y la marquesa me comprende...—¿No es verdad, Luisita?
—Ya discutiremos... (respondió la doctora, haciendo un malicioso mohin á la mujer del abogado, para que no la odiase.) Ahora estoy deshecha por ver á usted llegar á lo que los historiadores llaman nuestros dias...
—Pues continúo...—Y tú, mujer, no te escandalices de cosas abstractas...—¡Yo no estoy discurriendo aquí como hombre, sino como artista!—Conque voy á terminar en breves momentos.
«La vez primera que administraron el Viático á D. Elías Perez, es decir, tres meses ántes de su defuncion (tambien ha contado esto la señá María Josefa), se abrazó el viejo á Soledad convulsivamente y le dijo con infinita angustia:
—»¡Júrame que nunca te casarás con Manuel Venegas!
—»Yo no haré más que lo que usted me ordene,—respondió Soledad.
—»Pero yo me puedo morir... yo me estoy muriendo... ¡Júrame que, cuando cierre los ojos!...