—»Entónces haré lo que me ordene mi madre...—interrumpió la jóven.

—»¡Tu madre es una imbécil! (gritó el usurero) ¡tu madre es cómplice de aquel bandido!—¡Júrame, por lo tanto, que, aunque ella te lo ordene, no te casarás con el que hoy me mata!...

—»Padre, yo no juro... ¡Eso es pecado...! (replicó Soledad gravemente.)—Pero, en lo demas, yo obedeceré siempre á mi padre y á mi madre, como lo manda Dios en la misma Ley que prohibe jurar su santo nombre en vano...

—»¡En vano! ¡en vano! (repitió el moribundo.)—¡Ah, gran hipócrita!—Tú piensas reirte de mí despues que me entierren... ¡Tú eres una ingrata, que te complaces en amargar la agonía del padre que tanto te ha idolatrado, que tanto dinero ha consumido en darte gusto, y que ya no puede servirte de nada!...

—»Yo soy una hija obediente á mis padres y á Dios...—¡á Dios sobre todas las cosas!... (exclamó la jóven seráficamente.)—Por eso no juro ni juraré, aunque usted me insulte de esta manera...

—»¡Pues, entónces, no puedo morirme todavía! (repuso el anciano con asombrosa naturalidad.) Quita de en medio todos esos jarabes, y dáme de comer.—¡Mañana estaré bueno! ¡Tu rebelion me ha resucitado! Siento en mi máquina una energía nueva con que ni tú ni yo contábamos hace poco...—¡Me has dado, cuando ménos, un año y un dia de vida, que es el tiempo que necesito para utilizar tu obediencia!

—»Usted mandará...

—»¡Ya lo creo que mandaré!—Mañana mismo entrarás de novicia en un convento, y, si durante el noviciado no puedo casarte, de mañana en un año serás monja profesa, y yo bajaré tranquilo al sepulcro, despues de legar todos mis bienes á los hospitales de la Rioja...—¿Qué tienes ahora que decir?

—»Que mañana me trasladaré al convento,—respondió Soledad, besando á su padre.»

»No se puso bueno el riojano al otro dia, ni halló fuerzas para dejar el lecho ninguna de las veces que lo intentó, ni habia de levantarse más, segun que ya he dicho; pero la verdad es que se mejoró bastante despues de aquella conversacion; tanto, que los mismos médicos que lo habian mandado administrar, lo declararon fuera de inminente peligro y hasta muy capaz de vivir todavía mucho tiempo, si no se presentaba una nueva crísis.—En cuanto á Soledad, no hay que decir que al dia siguiente entró en el convento.—¡El padre y la hija estaban cortados por una misma tijera!