»Formando cábalas andaban las gentes sobre las reservas mentales de la Dolorosa, á quien acá mismo juzgábamos esperanzada en que su padre moriria ántes de un año, y resuelta de todos modos á no profesar en tiempo alguno; pues hacerse monja era cerrar á Manuel Venegas todos los caminos, hasta el del adulterio...
—¡Mirabel!... ¡yo no te he oido nunca hablar así! (interrumpió doña Tecla:)—¡Esto pasa ya de castaño oscuro!...
—Porque nunca he tenido que hablarte de psicología ni de fisiología... (respondió el académico.)—Pero la marquesa me comprende...
—Vamos... vamos... ¡amigo mio! (expuso la forastera). Doña Tecla tiene razon... ¡Déjese usted de esos estudios, y sáqueme de penas de una vez!...
—¡Es usted muy amable, Luisita, en no reclamar contra unas interrupciones que lamento profundísimamente..., bien que, en medio de todo (yo soy justo), hagan honor á la castidad de mi digna esposa!... (replicó D. Trajano, dando el último golpe á su pobre mujer con este fulminante cumplido, que arrancó una indefinible sonrisa á la no tan lisonjeada madrileña.)—Decia, pues (continuó el impertérrito oráculo), que tal rumbo llevaban las cosas, cuando, á los pocos dias de entrar Soledad en el convento (¡véase lo que es el destino de los mortales!), llegó á esta Ciudad otro riojano, con carta de recomendacion para D. Elías, á fin de que éste le ayudase con sus consejos y buenas relaciones á establecer, al pié de la vecina Sierra, una fábrica de paños, movida por agua...
»D. Antonio Arregui se llamaba el recien llegado, y era un hombre como de treinta años de edad; de buena presencia; muy circunspecto y formal en su trato; poco amigo de conversaciones inútiles; bastante rico, aunque muchísimo ménos que el prestamista; de inmejorables sentimientos, bien que no brillante en sus manifestaciones, y dedicado por completo al trabajo y á los negocios.—Añádase que era soltero.
»¡D. Elías habia encontrado su hombre!—Comenzó, pues, por hospedarlo en su casa: puso en juego á todos sus deudores para que le ayudasen y protegiesen en cuanto se le fuera ofreciendo: le regaló, á título de paisano suyo y antiguo amigo de sus parientes, el terreno necesario para la Fábrica: obligóle á ir al Convento varias tardes á visitar á su hermosa hija, dándole encargos y comisiones para ella; y, cuando consideró que el buen industrial estaba ya en sazon de caer espontáneamente en el lazo que iba á presentarle, refirióle un dia con habilidad suma las que llamó «cuitas de su vejez y desventuras de su casa, que le tenian postrado en aquel lecho y acabarian por matarle muy pronto», ó sea la historia de la horrible presion que un mala cabeza, llamado el Niño de la Bola (lenguaje suyo), estaba ejerciendo sobre él y sobre su pobre hija, porque eran débiles y no contaban con un brazo que los defendiera en aquella egoista Ciudad, donde no se perdonaba á nadie el delito de ser forastero...; presion que habia llegado hasta el punto de impedir que la jóven se casase con personas muy dignas, y de obligarla, por último, á pensar en hacerse monja, sin vocacion alguna á la vida del claustro, pero como único arbitrio para eludir su ridícula y peligrosa situacion; «todo ello (concluyó diciendo D. Elías), en virtud del miedo cerval que causan á un pueblo entero, á una Ciudad de doce mil habitantes, las criminales amenazas de una especie de facineroso cuyo paradero se ignora hace muchos años, y que probablemente habrá ya muerto en un patíbulo...»
»Arregui, que era riojano y descendiente de navarros, y no daba por ende cabida en su sereno corazon á los supersticiosos respetos y temores á que tanto se presta la imaginacion andaluza (yo soy tambien andaluz, mi querida Luisita; pero desciendo de portugueses), quedóse maravillado con lo que acababa de oir; tomó informes de personas sensatas, y se convenció de que todo era cierto; y, como, por otra parte, se habia prendado de la belleza, afabilidad y discrecion de la Dolorosa desde que la visitó por primera vez (no comprendiendo que tan encantadora criatura, llamada á heredar no pocos millones, se enterrase en vida entre las cuatro paredes de un convento), llegóse pocos dias despues al lecho del anciano, y le dijo con su gravedad acostumbrada:
»Yo no soy valiente de oficio; pero no le temo á ningun hombre, sobre todo cuando la razon está de mi parte y puedo contar con el amparo de la Ley y de los tribunales de Justicia. Tampoco soy rico, si se me compara con usted; pero tengo tan pocas necesidades que, con mi caudal y con mi amor al trabajo, me sobra para no necesitar ajenos millones.—¡Lo que yo necesito, como paisano de usted, profundamente agradecido á sus bondades, y como muy enamorado que estoy de su linda hija, es poner término al vergonzoso estado que pesa sobre ustedes!—Tengo, pues, la honra de pedir á usted la mano de Soledad, sin desprecio ni desafío, pero tambien sin temor alguno, á las amenazas del famoso Niño de la Bola.
»D. Elías estrechó en sus brazos á Antonio Arregui; le besó las manos y la cara; le apellidó hijo de su alma y de su corazon; lloró de agradecimiento y de alegría, y, acto seguido, llamó á su martirizada mujer (que lo habia oido todo detras de la puerta), y le mandó que fuese inmediatamente en busca de su hija; pero que ántes abrazase á su yerno.