—¡Está destornillado!—dijo doña Tecla, sonriendo en cierto modo á sus tertulios, como pidiéndoles que perdonasen á su marido.
—Pues entónces digamos que tiene un corazon de mujer que no sabe amar...—añadia entretanto la madrileña.
—Diga usted más bien (replicó D. Trajano) «un corazon que ama hasta cierto punto»...—Yo no tengo duda de que Soledad ha querido siempre á Manuel Venegas.—Creo más... (ahora que no nos oye mi mujer...) Creo que lo quiere todavía...—Pero la hija del usurero no nació para heroína; no nació para defenderse por sí propia: nació para que otros la defendieran ó la conquistasen.—Ella contaba sin duda con que el temido Niño de la Bola venciese á todos los enemigos de su amor, tanto á su padre como á los pretendientes que pudieran sobrevenir... Parecíase á esas princesas de los cuentos orientales, que se dejan ganar como un premio por el contrincante más listo en descifrar charadas y enigmas, y se casan con él, aunque no sea muy de su gusto.—Indudablemente, nuestra princesa, esto es, la Dolorosa, hubiera preferido que Manuel saliese vencedor... Indudablemente lo amaba... Pero el pobre se descuidó, el pobre tardó en regresar de las Indias, el pobre no habia contado con que vinieran á esta Ciudad forasteros como Antonio Arregui, poco sensibles á vagas amenazas..., y la obediente jóven, con más ó ménos dolor y con peores ó mejores reservas mentales, dejóse conquistar y llevar por D. Elías, por el Fabricante, por la fatalidad, por el destino..., bien que á condicion de hacer luégo de su capa un sayo...—¡Así procedieron en todos tiempos las hembras creadas por Dios, ya que no las creadas ó falsificadas por los poetas y los novelistas! ¡Así procedió nuestra primera madre en el Paraíso terrenal, cuando, segun leemos en el Génesis...!
Por fortuna, llamaron en esto á la puerta de la calle; que, si no, ¡sabe Dios el vapuleo que habria dado el jurisconsulto á las pobres hijas y nietas de Eva, inclusas las más guapas que figuran en las historias!
—¡Ahí está Pepito! (exclamó la prima del Marqués:) Él nos traerá noticias frescas...
Lo primero resultó cierto; pero no así lo segundo. Pepito entró efectivamente en el salon, empinado y tieso para ganar estatura, y saludando á todos, aunque sin ver más que á la forastera, como la mariposa no ve más que la llama; mas ¡ay!, en cuanto á lo demas, todas las noticias que habia recogido en la calle eran negativas.
Sacábase de ellas en sustancia que Manuel Venegas no habia penetrado aún en la Ciudad, ni sabía nadie por dónde andaba;—que D. Trinidad Muley, cansado de recorrer el campo en su busca, y teniendo que madrugar para la gran funcion del otro dia (Misa y sermon con Señor Manifiesto, Comunion general, etc., etc.), se habia retirado á dormir hacía pocos instantes;—que la casa de Antonio Arregui (sita en distinto barrio que el ya vacío palacio de los Venegas) estaba cerrada como un sepulcro; pero no así la dispuesta para alojar al Niño de la Bola, por cuyos abiertos balcones se veian muchas luces, como si allí hubiera un muerto de cuerpo presente;—y, en fin, que hasta los Serenos, únicas personas que ya andaban por las calles, temian que á la tarde siguiente ocurriese alguna desgracia durante la Procesion del verdadero Niño de la Bola, á la cual no dejaria de asistir ninguno de los tres personajes principales del drama: Soledad, por el bien parecer, á fin de que no se dijera que le habia impresionado el regreso de su antiguo amador; Manuel Venegas, á convertir en hechos sus juramentos y amenazas de antaño, y Antonio Arregui á evitar que le creyeran huido y le infamaran con la fea nota de cobarde...—Es decir: los tres ¡por consideracion al público!
—¡Pues hay que ir á esa Procesion!—exclamó en el acto la forastera.
—Balcones tengo reservados al efecto, desde que no podian preverse estas baraundas... (respondió D. Trajano.)—Iremos á casa de uno de mis labradores...
—¡No faltaré!—dijeron los ojos de Pepito, quien no podia concebir que Manuel Venegas fuese más interesante que un hijo de las Musas.