—¡Lo sabía D. Trinidad Muley! ¡Lo sabía la señá María Josefa!—prorumpieron varios vecinos.

—¡Pues no lo sabía él!... (replicó el comerciante.) Yo le ví al marchar, y sólo pensaba en sus destruidas acequias...—En fin; apuesto doble contra sencillo á que, tan luégo como se entere de lo que ocurre, lo tenemos de vuelta en la poblacion, resuelto á no dejarse avasallar por nadie...—¡Yo conozco á los riojanos!

La conversacion entraba en mal camino, y estimándolo así un viejo, de oficio buñolero, que tenía su tienda en la misma plaza, tocó muy oportunamente otro resorte, y contó que aquella mañana, ántes de la salida del sol, habia estado D. Trinidad Muley llamando más de media hora en casa de su antiguo pupilo, sin conseguir que le contestaran, cual si Manuel, al recogerse pocos momentos ántes, hubiese dado órden á Basilia (la hermana de Polonia) de no abrir ni responder á persona alguna, aunque echasen la puerta abajo...

—¡Me alegro! (murmuró á este propósito un discípulo de Vitriolo, dirigiéndose á media voz á sus camaradas:) ¡Así no habrá podido ese fanático de misa y olla acobardar con sus letanías al hijo de D. Rodrigo, como lo acobardó la famosa tarde de la Rifa! ¡Temiéndome estoy que el Niño Jesus de Santa María de la Cabeza represente demasiado papel en este caso de honra! ¡Los curas no perdonan medio de acreditar á sus santos y de hacer negocio!

El buñolero habia seguido entre tanto refiriendo que D. Trinidad Muley, cansado de llamar en balde, se retiró á su casa muy entristecido, no sin lamentarse con todos los transeuntes de que las grandes funciones que lo amarraban aquel dia á su iglesia le impidiesen prevenir cualquier mal paso de su querido Manuel, y diciendo con sentidas voces que esperaba en Dios y en la Vírgen que las buenas almas de la Ciudad suplirian su ausencia de algunas horas...

—¡Prevenir! (se aventuró á exponer en voz alta otro discípulo de Vitriolo:) ¡Eso es contrario á la libertad! ¡Reconozco el lenguaje apostólico, incompatible con la Constitucion vigente, por más que la prévia censura sea muy del agrado del actual Ministerio!

Todos los circunstantes soltaron la carcajada al oir aquella salida de tono, ménos el Capitan, que refunfuñó despreciativamente una frase ininteligible, y ménos el Familiar del Obispo, que juzgó ya indispensable sembrar allí algunas ideas morales y pacíficas, y lamentó lo mejor que pudo (era vizcaino, como Su Ilustrísima, y hablaba mal el castellano) la gravedad del lance que se le presentaba al Sr. D. Antonio Arregui, «cuando tan bien le iba en su matrimonio; cuando tan contento se hallaba con su fábrica, adonde se le veia ir frecuentemente, acompañado de su mujer, de su hijo y de su suegra; cuando la llamada Dolorosa daba muestras de quererle y respetarle tanto, y cuando algun Regidor importante, agradecido á las grandes ventajas que el rico industrial habia proporcionado al pueblo, acababa de ofrecerle la vara de Alcalde para las próximas elecciones...

En este momento apareció Vitriolo en la puerta de su botica.—La bruja se habia escabullido por la puerta del patio.

Todos los mozalvetes rodearon al maestro, no en ademan de veneracion ó cariño, sino de una cínica confianza que rayaba en burla, diciéndole sucesivamente:

—¡Buenos dias, Palo-dús!