Amaneció al fin aquel memorable domingo en que habia de tener comienzo la ruda batalla de treinta y seis horas que riñeron definitivamente el Bien y el Mal en torno de Manuel Venegas y dentro de su atormentado corazon;—batalla empeñadísima y desastrosa, en que tomaron parte más ó ménos activa, directa y justiciable todos los habitantes de la Ciudad, ó sea todos los individuos del gran Jurado que solemos llamar «el público.»
Vitriolo habia citado la noche anterior á su gente «para el toque de diana, en la puerta de la botica», y allí estaban, en efecto, desde el amanecer, los que más atras denominamos «mozalvetes muy mal criados, bien que algo instruidos en materias asaz delicadas»..., de que era apóstol y cabeza el pasante de farmacéutico.
Tambien se encontraban en aquel centro ordinario de noticias (y excelente acechadero en tal mañana para seguir las operaciones de Manuel Venegas, cuyo domicilio distaba pocos pasos) otras muchas personas de distinta edad, clase y condicion, todas ellas muy afanadas en averiguar ó referir lo último que se sabía relativamente á los pavorosos sucesos que se veian llegar..., que eran infalibles..., que hasta se aguardaban con impaciencia..., y contra los cuales no dejaria de tronar todo el mundo ni de proceder activamente la Justicia, luégo que se hubiesen consumado. Las mismas criadas que iban á la compra se acercaban á aquella gran tertulia al aire libre y metian su baza en la conversacion, indicando lo que debia hacer cada personaje, «si tenía honor y vergüenza»... Las más sisadoras y alegres de cascos eran las más implacables y terribles, y repetian punto por punto los juramentos y amenazas que el Niño de la Bola pronunció hacía ocho años, terminando toda su arenga con la frase sacramental de: «¡Ahora veremos si hay hombres!»—El propio Alcalde, persona muy digna, discurria allí con la mayor seriedad, sobre si Manuel mataria á Antonio aquella tarde, ó lo dejaria para el dia siguiente en la Rifa, inclinándose á que sucederia lo primero.—Un Familiar del Obispo, todavía simple diácono, aunque ya iba para viejo, pero que comenzaba á tener fama de gran teólogo, habíase aproximado á la reunion, como por casualidad, y no perdia palabra de lo que en ella se decia, sin que áun hubiese despegado los labios por su parte...—En fin, hasta nuestro antiguo amigo, aquel Capitan retirado que ofreció dos pagas á Manuel Venegas la tarde de la célebre Rifa, hallábase entre los curiosos, á pesar de sus setenta y ocho inviernos y gloriosísimos achaques...
El único que faltaba para completar la asamblea era su presidente nato, el dueño de la casa, el insigne Vitriolo, encerrado hacía media hora en la trasbotica con una especie de bruja, antigua deudora arruinada por D. Elías Perez y actual paniaguada de casa de Soledad; la misma, segun creemos, que la noche anterior fué allí por medicinas para la señá María Josefa.—Los sectarios del farmacéutico, presumiendo sin duda los importantísimos asuntos que podian tratarse en aquella encerrona, guardábanse muy bien de interrumpirla, y, por el contrario, explicaban á los demas concurrentes la ausencia de su maestro, diciéndoles que se hallaba confeccionando un medicamento de todos los demonios para un pueblecillo de las cercanías.—Habíase visto, sin embargo, á Vitriolo salir á la botica á tomar dinero del cajon, y, por cierto, que miéntras esto hacía, todos creyeron notar que estaba más feo, más pajizo y más excitado que de costumbre...
Entretanto, ya se habian dado, y repetido, y comentado hasta la saciedad, muchas y muy interesantes noticias á la puerta del Establecimiento.—Sabíase, por ejemplo, que Manuel Venegas entró al fin en su casa la noche anterior, cerca ya de la madrugada, con el caballo jadeando, destrozada la ropa y sin sombrero, cual si volviese de un espantoso combate: que este combate debió de ser consigo mismo, pues muchos regadores lo habian visto galopar sin rumbo cierto por los sembrados de la vega y por remotos olivares y viñas, como si lo persiguieran invisibles fantasmas: que habia hablado con algunos guardas de campo, y dádoles mucho dinero cuando se le quejaban de los destrozos que hacía, oyendo, en cambio, de boca de aquellas gentes, toda la historia de lo ocurrido en la Ciudad durante su ausencia: que, tan luégo como dejó el caballo, salió otra vez á la calle, á pié, embozado en una larga manta, y se dirigió al barrio de San Gil, donde el sereno lo vió pasearse delante de la cerrada vivienda de Antonio Arregui, y áun llamar á la puerta... (¡qué horror!), sin que de adentro respondiesen á sus repetidos aldabonazos... (¡qué ignominia!), hasta que, ya clareando la aurora, tomó la vuelta de su casa y penetró en ella; con lo que inmediatamente se cerraron sus puertas y balcones, como cerrados seguian en aquel momento...
Lo del horror y lo de la ignominia fueron exclamaciones involuntarias..., del Teólogo la primera, y del Capitan la segunda...
En apoyo del concepto de éste, bien que desvirtuando su oportunidad, agregó entónces un padre de familias:
—¿De qué os asombrais, caballeros? ¡Antonio Arregui es un cobardon, que no se ha atrevido á pasar la última noche en su casa, ni áun en el pueblo!... ¡Antonio Arregui huyó vergonzosamente ayer tarde, al tener noticias de que llegaba el Niño de la Bola!—Yo mismo lo ví salir á caballo, rio arriba, á cosa de las cuatro y media, y por cierto que iba muy furioso...
—¡Pues añada usted (expuso una criada) que esta es la hora en que no ha regresado todavía!...—¡Yo vengo del Mercado, y no está en él, como todas las mañanas, haciendo la compra para sus operarios de la Sierra!...
—Señores, ¡seamos justos!... (exclamó un comerciante, de orígen burgalés:) ¡Antonio Arregui es incapaz de huir!... Si se marchó ayer tarde, fué porque recibió aviso de que... algun mal intencionado, sin duda..., habia roto por varios sitios la acequia que mueve los batanes de su fábrica... Pero á aquella hora nadie sabía en el pueblo que ese Niño de la Bola se hallase tan cerca, ni tan siquiera que estuviese en el mundo.