—¡Esto no se puede sufrir! (gruñó el Capitan, pidiendo una silla y sentándose en medio del corro.) ¡Yo no sé por qué viene uno á donde se dicen tantas insolencias y majaderías!...

—Tiene usted razon... Yo me voy... (dijo el Alcalde.)—¡Estos diablejos lo comprometen á uno!—Vamos, Martin...

Y penetró en la casa de Ayuntamiento.

—¿Ves? (observó á Vitriolo el llamado Martin, discípulo suyo, muy de notar por lo flamante y moderno de su equipo:) ¿Ves? ¡El señor Alcalde ha tenido que irse!—¡Dices cosas demasiado fuertes!

—¡Habló Judas! (gritó el farmacéutico.)—¡Camaradas! Ya os lo dije anoche... ¡Martin nos abandona!—¡Desde que lo han nombrado escribiente del Ayuntamiento se ha vuelto beato!...—¡Hay que expulsarlo de nuestra comunidad! ¡El mejor dia lo vamos á ver dándose golpes de pecho en las iglesias!

—¡Yo no soy beato ni lo seré nunca! (respondió Martin muy amostazado.) Lo que nos pasa á todos tus amigos es que, como somos ménos feos que tú, no aborrecemos tanto á Dios, y se nos olvidan tus lecciones de impiedad. Si tú no hubieras nacido tan deforme, ya habrias tenido novia, tal vez te hubieras casado con ella, y ¡quién sabe si á estas horas serías el padrazo más creyente, más optimista y más religioso de la Ciudad!...—Pero, amigo, eres tan horrible, y te dolerá tanto no haber encontrado todavía una mujer que te escuche, que ¡vamos!... me explico que no estés agradecido al Criador...

—¡Al Criador! ¡Al Criador! (repuso Vitriolo con amarga ironía.) ¡Es la primera vez que te oigo pronunciar esa palabra!...—¡Muchachos! ¡os repito que nos vende desde que le han dado ese plato de lentejas!—Paco Antúnez... llegas oportunísimamente... ¡Tú, que eres mi discípulo mayor, mi brazo derecho, mi brazo fuerte, mi brazo secular, cerrarás la puerta del Templo (digo, de la trasbotica) á ese caballero escribiente que ya fuma tabaco propio!

—¡Nada me importa no volver por aquí! (replicó el maltratado discípulo:) ¡Y ya verás cómo poco á poco se van yendo todos estos incautos á quienes pudres con tus doctrinas!—En cuanto á lo demas, sepan ustedes, señores, que, si Vitriolo aborrece tanto á la Dolorosa, consiste en que estuvo enamorado de ella y recibió calabazas... ¡ó algo peor que calabazas!...

—¡Mentira! (gritó el boticario, hecho un veneno.) ¡Fué muy al revés! ¡Yo no la quise, cuando D. Elías me la daba enterrada en onzas!...—Pero bien sabe todo el mundo que soy amigo de Don Antonio Arregui, y que su suegra manda aquí por todas las medicinas.—Por consiguiente, eso que has dicho es una infame calumnia...

—¡Aquél me lo ha contado esta mañana!...—respondió Martin, señalando á nuestro Pepito, que asomó en tal momento por un arco de la Plaza.