—¿Aquél?—¿Y quién es aquél?—¡Ah! ¡Pepito! ¡Otro Judas! ¡otro desertor como tú!—¡Tambien venía él ántes á nuestra reunion, y era de los más calientes contra el bando apostólico!—¡Verán ustedes cómo ahora pasa de largo, sin mirar siquiera hácia aquí!... ¡Vendrá de adular al Obispo, á ver si lo hace sacristan!...—Sr. D. Carmelo, dígaselo usted de mi parte á Su Ilustrísima... ¡Dígale que Pepito no cree en Dios!...—¡Oiga! y ¡qué compuesto sale tan de mañana!...—¡Nada! ¡No nos saluda!—¡Habrá trasto como él!—¡Sin duda irá á pedirle un destino á la forastera del Afrancesado, á esa prima vigésima de un Marqués de mentirijillas, cuyo título no está en la Guía de Forasteros!...

—¡Cálmate! (advirtió por lo bajo Paco Antúnez á Vitriolo) ¡Vas á disgustar á todo el mundo!

—¡No me calmo! ¡Estoy harto de padecer! ¡Miren cómo me ha puesto de frescas ese escribientillo, sólo porque dije que el Niño Jesus es de madera!—¡Pues de madera es! ¡Y, si en lugar de una cruz de plata, hubiesen puesto una púa de hierro á la bola que lleva en la mano, tendríamos al mundo convertido en un trompo!

—¡No es mucho más grande que un trompo nuestro mezquino mundo, si se le compara con la inmensidad y con el poder de Dios! (exclamó gravemente el teólogo, creyendo que el sesgo del debate le favorecia para hacerse oir.)—Si el mundo y el hombre no son de madera, son de barro..., y están hechos de la nada, como dice la Sagrada Escritura.—La fuerza y santidad de ese Niño de palo y de la cruz que ostenta ese trompo consisten en la moral que simbolizan y en el Sacrificio que recuerdan; consisten en que ayudan á desarmar la ira, á templar la concupiscencia, á hacer al hombre hombre...

—¡Y el que usted hable así consiste (interrumpió Vitriolo) en que es barbero del Sr. Obispo, desde que Su Ilustrísima desempeñaba un curato en Vizcaya!...

—¡Á mucha honra! (contestó el Familiar, conteniendo con su noble actitud las risotadas de unos y el movimiento de indignacion y retirada de otros:) ¡Es muy verdad que sigo afeitando á mi señor y padre, el cual me sacó de la miseria cuando la Guerra civil me dejó pidiendo limosna; pero eso no quita para que yo... yo... (que sería muy capaz de ahogar á usted entre mis manos, si no me lo impidieran mis ideas religiosas) me complazca en pedir á Dios que tenga misericordia de su alma de usted!

—¡Bien dicho, señor Cura! (exclamó el Capitan.) ¡Deme usted esos cinco!

—¡Palabras de carlista! ¡Estratagemas de apostólico! (replicó el boticario:) ¡Por todas partes se va á Roma!

—Lo mismo diria y haria (repuso el teólogo) si fuera judío, moro ó protestante. Yo no defiendo aquí ahora ninguna religion determinada: defiendo la religiosidad en abstracto, el temor de Dios, el amor al hombre...—En fin, lo perdono á usted, y me marcho...—¡Usted abrirá los ojos con el tiempo!

Vitriolo conoció que quedaba mal, y trató de detener al diácono, diciéndole á toda prisa: