—¡Defiende usted las tinieblas! ¡Defiende usted la Inquisicion y el fanatismo! ¡Defiende usted la mentira, profesada como industria para tiranizar y explotar á los hombres!—¡En cambio, nosotros los filósofos defendemos los fueros de la razon, la causa de la verdad, la despreocupacion del entendimiento, la dignidad de la especie humana!—¡Nosotros no queremos que nadie viva engañado, ni sometido á las desigualdades de la suerte, en la esperanza de otra vida y de un Cielo que no pueden existir, que no existen, que repugnan á la buena lógica, como lo demuestra el célebre dilema de Epicuro!...

Pero el teólogo no oia ya al farmacéutico, pues se habia marchado efectivamente, dejándolo con la palabra en la boca.

La mayoría del público, y con especialidad las personas graves, comenzaron á desfilar tambien, renunciando á las decantadas ventajas de convertirse al ateismo; con lo que pronto la tertulia quedó en cuadro...

—Pero ¡hombre! (arguyó entónces el Capitan, encarándose con Vitriolo:) Suponiendo que todas esas infamias que usted dice sean ciertas, ¿qué adelanta con darnos tan malas noticias? ¿Qué pierde usted con que yo me consuele de mis reumas, de mi retiro forzoso, del atraso de mis pagas, y del disgusto de conocer á muchos malvados como usted, esperando, como espero, hacer en otra parte una campaña mejor que la de esta pobre vida?—¿Me equivoco?—¡Pues déjeme usted en mi dulce engaño! ¡No haga usted el oficio de Satanás! ¡Piense usted en sus ungüentos, y déjenos á nosotros con nuestros santos de madera, que tambien nos sirven de medicina!

—¡Valiente modo de discurrir! (contestó el boticario.)—¡Bien se conoce que no ama usted la verdad ni ha visto un libro por el forro!—¡Los militares fueron ustedes siempre oscurantistas, inquisitoriales, serviles!

—¡Vaya usted mucho enhoramala! (repuso el Capitan, levantándose:) ¡Yo no soy servil! ¡Yo soy más liberal que usted! ¡Yo me he batido contra Napoleon y contra Angulema! Yo he derramado mi sangre, defendiendo la Independencia y la libertad de mi patria, hasta que, por viejo y achacoso, me dieron el retiro...—Pero todavía soy capaz...—En fin, no quiero incomodarme...—Repito que hago una tontería en venir por aquí...—¡Todos sois unos impíos, unos luteranos, unos mocosos, que debiais estar en la Cárcel!...—Mas ¿qué le hemos de hacer? ¡El mundo marcha así!—Conque, muchachos, ¡hasta luégo!...—Son las ocho, y voy á ver si me dan de almorzar.

Grandes carcajadas y burlas produjo en los mozalvetes el apóstrofe del veterano; y, como en pos de él se marchase la poca gente de viso que ya quedaba en el corro, penetraron aquéllos en la botica, donde el Maestro, atendida la especialidad de las circunstancias, les dejó meter mano al cajon del palo-dús, y hasta fingió no reparar en que algunos se empinaban las botellas del jarabe simple, del jarabe de corteza de cidra y del jarabe de altea.

* * * * *

Terminado el refrigerio, todos se fueron á sus casas á continuar almorzando, ménos Paco Antúnez, á quien habia dicho Vitriolo:

—No se marche usted, señor Jefe de Estado Mayor.—Tenemos que hablar...