—He dicho que no voy...—replicó Antúnez, mirando el humo de su cigarro.
—¿Temes que se lo cuenten á Manuel Venegas? ¿Te asustas tú tambien del Niño de la Bola?...
—No es eso, amigo Vitriolo.—Te temo á tí; me asusto de tu ferocidad.—Cualesquiera que sean mis ideas religiosas, ó, mejor dicho, aunque no me hayas dejado ninguna, yo no he nacido para matar con mano ajena.—Yo no soy, como tú, indiferente á la moral y á la política: yo amo el bien, aunque no crea en otra vida futura... Yo soy republicano.
—Ya lo sé..., y haces muy mal... (respondió Vitriolo.)—Lo mejor es no ser nada.
Antúnez replicó en el acto:
—Para hablar así hay que principiar por donde tú principias; por aborrecer á la especie humana.—Ahora bien: yo no la aborrezco: yo amo á los hombres, y deseo su dicha, como la desearon Caton, Bruto y Robespierre...
—Pues entónces, ¡fíngete cristiano!... (dijo Vitriolo, riéndose.) De esa manera podrás ofrecer dos bienaventuranzas á tus adorados prójimos; ó sea una de presente, y otra de futuro; una en esta vida, y otra donde cuentan los sacristanes.
—¡Yo no sé decir lo que no siento! (contestó el filántropo); y por eso precisamente me niego á ir á engañar á Antonio Arregui, ocultándole el objeto de mi excursion á su fábrica...
—¡Pero tú olvidas lo que hablamos anoche! (exclamó Vitriolo muy apurado.) ¡Tú olvidas que, si D. Trinidad Muley empastela este asunto, la victoria será de las ideas místicas! ¡Dirá el clero y repetirán las viejas que ha habido milagro, como lo dijeron en 1832, cuando Manuel Venegas dejó de matar á D. Elías Perez la tarde de la famosa Rifa!—Contaba entónces D. Bernardino, el Sacristan de la Parroquia, que, si no ocurrió allí una muerte, se debió á que D. Trinidad se abrazó á la Efigie del Niño del Dulce Nombre pidiéndole auxilio...—Hay más: la señá Polonia, el ama..., ó la querida del Cura... (No frunzas el entrecejo: admito que sólo sea su ama...), tomó de aquí pié para soltar la especiota de que la tal Efigie, decidida protectora del hijo de D. Rodrigo, le devolvió el habla cuando muchacho...—¡Todo esto es muy grave!—¡Antúnez! ¡ó somos ó no somos enemigos de la supersticion! ¡Tu causa es la mia, aunque yo no sea republicano, ni monárquico! ¡Hay que desvanecer esas patrañas! ¡Hay que evitar un nuevo triunfo de D. Trinidad Muley!
—Desengáñate, Vitriolo... (contestó friamente el republicano.) Lo que á tí te mueve en esta empresa, no es la Filosofía, á que yo tambien rindo ferviente culto, sino el insensato amor que tuviste á la Dolorosa, convertido en odio mortal, por haber ella obligado á un perro á comerse tu amartelada declaracion...—Yo ignoraba anoche tan divertido lance; pero esta mañana me he enterado de él, como todo el pueblo, por haberlo referido anoche el Afrancesado á sus tertulios...