Vitriolo se retorció convulsivamente, y lanzó una especie de alarido...—Irguióse luégo y dijo con dolorosa mansedumbre:
—No te lo negaré yo á tí, que eres mi ojo derecho... No te negaré, mi querido Paco, que tambien procedo á impulsos de ese rencor inextinguible... No te negaré que la felicidad de la Dolorosa me vuelve loco; que necesito verla llorar tanto como yo he llorado, y que la ocasion es esta.—Pero no por eso dudes de que, al propio tiempo que vengarme, quiero defender la santa Filosofía, ¡única gloria y consuelo de mi pobre existencia!—¡Sí, yo trato de evitar que los Curas hagan creer á los necios en un milagro de las ideas religiosas que nos ponga en ridículo á todos vosotros y á mí! ¡Yo quiero libraros y librarme de una silba de todo el pueblo!—D. Trinidad Muley, con sus limosnas, entremetimientos y gramática parda, es el levítico que más daño hace hoy en esta Ciudad á la causa de la razon.—¡Hay que presentarle una batalla campal! ¡Hay que destrozarlo para siempre!
—En ese punto estás repitiendo palabras mias..., ya que no por lo tocante á la persona de D. Trinidad (que es un buen hombre, sin malicia ni talento), en lo que respecta al verdadero bando apostólico...—Pero, entre combatir el error, y lo que ahora me pides; entre predicar uno sus ideas filosóficas, y traer al matadero á un hombre de bien, hay mucha, muchísima distancia.—Repito que no voy á la Sierra.
—¡Pues no vayas! (exclamó Vitriolo con sumo desprecio.)—Yo me las compondré sin tí.
—¿Irás tú mismo á buscar á Arregui?—preguntó irónicamente Paco Antúnez.
—¡Así pudiera cerrar la botica!—Pero estoy solo, y no puedo moverme de aquí ni de dia ni de noche.—Por lo demas, ten entendido que yo soy el único hombre de este pueblo que no le teme al Niño de la Bola.
—Dos ó tres veces te he oido decir eso...—¿Quieres explicármelo?
—Tiene muy poco que explicar.—No le temo, porque soy cobarde.
Y, al hablar de este modo, Vitriolo se erguia con especial orgullo.
—¡Gran verdad has dicho! (exclamó Antúnez.)—El mundo es de los que no pelean; ó, más bien, de los que no dan la cara...—No hay quien corra ménos peligros que un cobarde...—El desprecio de los valientes les sirve de escudo...—En fin... ¡allá tú!—Yo me retiro, con tu licencia.