El boticario suspiró melancólicamente, y murmuró, como hablando consigo mismo:

—¡Hay pocas naturalezas cabales!...

—Pocas,—repitió Antúnez.

—Con todo, ¡por algo seré yo vuestro jefe!

—Ya lo creo... ¡y áun por algos!

—¿Estás pesaroso? (interrogó vivamente el farmacéutico.) ¿Piensas tú tambien abandonarme?

—Sí: te abandono ahora, porque me voy á almorzar,—contestó el discípulo mayor, sonriéndose indefiniblemente.

Y se marchó muy despacio, dejando sumido á Vitriolo en dolorosas meditaciones.

El resto de la mañana fué, cual si dijéramos, una ampliacion de la tertulia que hemos presenciado en la puerta de la botica.—Tan luégo como el vecindario acabó de almorzar, llenóse otra vez la plaza de corrillos y de paseantes, cual si allí se celebrara la gran fiesta del dia, y no en el barrio de Santa María de la Cabeza. Contra la inveterada costumbre, muchas personas principales del pueblo, y desde luégo todos los hombres de armas tomar ó aficionados á ruidos y reyertas, dejaron de asistir á la solemne Misa que en aquel instante se cantaba en la Parroquia gobernada por D. Trinidad Muley.—«¿Á qué ir (parecia decirse la gente), cuando sabemos que Manuel Venegas está encerrado en esa casa?»—No apartaban, pues, los ojos de aquellos mudos balcones ó de aquella inexorable puerta los grupos diseminados acá y allá, y hasta los mismos paseantes volvian la cabeza á cada momento, para ver si daba señales de vida el albergue del infeliz recien llegado.—Tenía aquello algo de la expectativa del público en una plaza de toros, cuando los aficionados bullen todavía en el circo, esperando á que se anuncie la salida de la fiera, para quitarse de en medio y dejar á otros el cuidado de hacerle frente...—Ó, más bien, era un caso igual al de los antiguos torneos... ¡Manuel y Antonio veíanse como obligados á optar entre la pelea y la deshonra! «¡Sangre ó rechifla!» parecia ser el estribillo del coro.

Llegó la hora de comer (las dos de la tarde), sin que se hubiese movido ni una mosca en casa de Venegas (no obstante haber estado dos veces llamando al porton el ama de D. Trinidad Muley y otras dos un acólito de la parroquia de Santa María), y el público se retiró de la plaza...