Pero no habian transcurrido veinte minutos cuando ya se hallaban de vuelta algunas personas... (¡Parcas fueron en el comer, ó poco abastecida estuvo su mesa!)—Otras regresaron algo más tarde: acudió, por añadidura, mucha gente que no habia estado allí por la mañana, y, con todo ello, la plaza acabó por parecer un animadísimo campamento... ¡Baste decir que varios mozos, y hasta algunos sujetos muy formales, hablaban ya de su firme propósito de no ir á la Procesion, si veian que Manuel no concurria á ella, y de pasar allí el resto de la tarde!...

De pié á la puerta de su tienda el verdadero General de aquel ocioso ejército...; quiero decir, de pié á la puerta de su botica el intrépido Vitriolo, se restregaba las manos, al ver que todos, por comision ó por omision, estaban secundando su plan de batalla, y daba instrucciones á sus oficiales de Estado Mayor para que sembrasen entre los corrillos las ideas más conducentes al triunfo de la ira sobre la paciencia, ó, como él decia, «al triunfo de la razon sobre las preocupaciones.»

De pronto, cundió por toda la plaza una noticia que revolvió y barajó los grupos, formando otros nuevos y más numerosos, en que ingresaron hasta los paseantes...—Pepa la peinadora acababa de cruzar por allí diciendo que venía de rizar el pelo á la señora de Arregui, en forma de tirabuzones iguales á los de la forastera, y que en aquel momento la dejaba vistiéndose de tiros largos para ir á la Procesion en compañía de su madre...

No habian empezado los comentarios acerca de este grave acontecimiento, cuando ocurrió otra novedad que puso el colmo á la agitacion de la muchedumbre...—¡La puerta de la casa de Manuel Venegas se acababa de abrir, y Basilia, su ama de gobierno, estaba en el portal notificando al público que el hijo de D. Rodrigo Venegas habia comenzado á arreglarse para ir á la Procesion del Niño de la Bola!

La alegría, el miedo y el entusiasmo de la multitud no tuvieron límites... Hubo hasta aplausos de la gente baja, y silbidos y carreras de los pilluelos; advertido lo cual por el Alcalde, y temiendo un motin ó cosa parecida, aconsejó á todos, por honor de aquella Ciudad, antigua Colonia fenicia y romana, y posteriormente Corte de no sé qué rey moro, que se trasladaran á la carrera de la Procesion (donde parecia más natural que estuviesen reunidas aquella tarde las personas decentes), y que allí esperasen con la debida compostura la llegada de su querido paisano Manuel Venegas,—quien no dejaria de alegrarse mucho de poder salir de su casa como un hombre serio y formal, y no entre aquella especie de rebullicio...

Penetráronse de estas razones los agitados grupos, y casi todos se disolvieron, ó, mejor dicho, se encaminaron en masa hácia la Parroquia de Santa María, cuyas alegres campanas anunciaban ya con su primer repique que apénas faltaba una hora para la Procesion...

Sigamos nosotros el turbion de la gente, y trasladémonos tambien á aquel apartado barrio, donde nos aguardan muchas personas conocidas.


II.

LA PROCESION.