Era una hermosísima y apacible tarde, en que la Primavera, vestida de andaluza, llenaba el cielo de esplendores y sonrisas, de cálidos besos el sosegado ambiente y de fragantes rosas los huertos y balcones de la Ciudad, el lustroso peinado de las doncellas y las manos de sus felices ó desgraciados amadores.

Todavía faltaba media hora para la salida de la Procesion, y la calle de Santa María de la Cabeza (á cuyo extremo inferior se halla situado el Templo del mismo nombre) estaba ya hecha un patio del Cielo, una antesala de la Gloria, un verdadero Empíreo..., tal y como los nietos de Adan y Eva nos imaginamos y solemos representar semejantes excelsitudes desde nuestro confinamiento terrestre...

Quiero decir con esto, que todas las ventanas tenian grandes colgaduras de coco, de zaraza, de filipichin y hasta de damasco, en las cuales era fácil reconocer las colchas de novios de muchas generaciones, miéntras que el suelo de la prolongada calle y de toda la carrera que habia de llevar la Procesion veíase alfombrado de verde juncia, de amarilla gayomba, de olorosos mastranzos y de otras campesinas hierbas...—Las campanas de Santa María repicaban gozosamente por segunda vez, anunciando que ya se acercaba el momento solemne... Cohetes voladores reventaban á docenas en los aires, como notificando á los demas planetas lo que ocurria en el nuestro..., y el tambor de la Milicia Nacional daba golpes y redobles de atencion y llamada, que hacian subir de punto la general expectativa...

Todas las ventanas y azoteas, y áun los mismos oblicuos tejados, estaban llenos de gente, sobre todo de mozas aderezadas y carilimpias (muchas de ellas nada más que cari), habiéndose reservado los balcones para las señoras y señoritas del centro de la Ciudad, que ya ostentaban en ellos sendas mantillas ó tocas de Almagro, peinados á la francesa y demas distintivos de su elevada alcurnia.

En la calle no se podia echar un alfiler: tan atestada se veia de artesanos vestidos de nuevo, de jornaleros vestidos de limpio y de caballeretes vestidos de moda. Hasta los regadores habian abandonado los campos y encontrábanse allí, apoyados en sus azadas, como dispuestos á volver á la interrumpida tarea en cuanto presenciaran el paseo triunfal del Niño de Dios.—Algunos militares retirados (entre los cuales descollaba nuestro Capitan) lucian su irreemplazado uniforme de la Guerra de la Independencia, y ¡á fe que era grato verlos embutidos en sus casacas de altísimo cuello, provisto de sudadero, que les rozaba la coronilla, con la ancha capona ó la larga charretera empinadas sobre los hombros, con el inflexible corbatin de ballena impidiéndoles toda comunicacion con el género humano, y con su morrion de carrilleras y descomunal campana, que no habria podido soportar el propio Dios Marte!...—Por último: los bulliciosos chicuelos y los circunspectos milicianos (ó sea los nacionales, que era como se llamaban allí entónces) se apiñaban en el atrio y gradas de la Iglesia, para servir, aquéllos de vanguardia y éstos de escolta, á la venerada Efigie del Niño Jesus,—en tanto que el sol, enfilando de lleno la calle al bajar á Poniente, daba á todas aquellas cosas divinas, humanas y pueriles un carácter glorioso, triunfante, santo, que si distaba muchísimo de la beatitud eterna, diferenciábase tambien algo de las cotidianas luchas de esta vida.

La forastera, con traje negro, mantilla blanca y muchas joyas de escaso valor, ocupaba el balcon principal de una de las mejores casas de aquel barrio; balcon enorme, con balaustres de madera color de chocolate, que podia contener quince ó veinte personas.—Hallábanse, pues, tambien allí D. Trajano, su esposa y todos sus tertulios, excepto nuestro amigo Pepito, que se contoneaba en la calle, frente por frente de aquella casa, para que la madrileña lo viese navegar por el mundo como todo un hombre y admirara de léjos su frac de tijera (refundicion del único que habia tenido su buen padre), su pantalon de color de avellana, su corbata celeste, su chaleco de mil flores y su colosal sombrero de copa...—¡El pobre ingenio parecia un mico vestido de máscara!

Á D. Trajano Mirabel le habia dado aquella tarde por hablar de política, y traia mareado á otro señor de su edad, tambien moderado acérrimo, que solia formar parte de su tertulia; pero ni éste ni nadie tenian ya atencion para otra cosa que para mirar á una hechicera mujer, tambien con mantilla blanca, que acababa de presentarse y tomar asiento en un balconcillo del entresuelo de la casa de enfrente.

—¡Es usted afortunada! (dijo doña Tecla á la prima del Marqués.) ¡Toda la tarde vamos á estar viendo á la Dolorosa!—¡Allí la tiene usted..., con una mantilla como la suya!...—¡Jesus María! Y ¡cómo la mira la gente!...—¡Ni que ella fuera la Procesion!

En efecto: Soledad estaba allí; donde ménos se la esperaba; en una casa humilde; en aquel peligroso balcon, tan cercano al piso de la calle... ¡casi confundida con la multitud, cuando habia podido disponer de todas las casas y de todos los balcones del barrio!

—¡Qué temeridad! ¡Qué imprudencia! (decian algunos.) ¡Elegir ese sitio, estando en el pueblo el Niño de la Bola! ¡Sabiendo que viene tan irritado!...