De pronto, advirtióse en los grupos un gran movimiento, que muy luégo se propagó á ventanas y balcones, como si ocurriese alguna extraordinaria novedad...—¿Qué motivaba aquel oleaje de la muchedumbre?—¿Iba á salir la Procesion? ¿Se habia suspendido? ¿Acontecia alguna desgracia?
No: era que Manuel Venegas acababa de aparecer en lo alto de la prolongadísima calle de Santa María: era que avanzaba hácia la parte concurrida de ella, precedido de una escuadra de bullidores muchachos y escoltado á respetuosa distancia por media docena de valientes de segundo órden: era que llegaba el héroe del dia.
Casi toda la gente se apartó de las inmediaciones de la Iglesia y fué extendiéndose calle arriba para gozar más pronto de la presencia del jóven sin ventura,—el cual marchaba entretanto sosegadamente, sin mirar á nadie, con la cabeza un poco inclinada, y divirtiéndose al parecer en agitar con el baston las olorosas hierbas que alfombraban el suelo.
No podia decirse, sin embargo, que le fuera indiferente el público, cuando tanto se habia acicalado y compuesto, en medio de sus penas, para presentarse dignamente á él.—Los moros son siempre vanidosos y artistas, y acuden á las batallas con sus mejores ropas y todo el posible boato, viendo tal vez una fiesta en el peligro...—La mencionada tarde vestía Manuel como un novio, como un triunfador; no como un hombre que acaba de ser desarraigado de la vida y sólo espera ya marchitarse y morir...—Todo su traje era de rica seda negra sin brillo, con alamares del mismo color y muchos botones de plata mate: lucía un magnífico sombrero de jipijapa, de forma chamberga, al uso de ultramar: hermosos brillantes relumbraban en sus dedos y en la bordada pechera de la camisa; y pendia de su cuello una larga y muy gruesa cadena de oro, que iba á perderse debajo del ceñidor chinesco liado á su cintura, sirviendo indudablemente de sosten á un soberbio reloj, digno de tan fastuoso indiano.
Con mayor evidencia hubiera podido asegurarse que nuestro jóven (contra su antigua costumbre) llevaba consigo un arma, y que este arma era un puñal; pues, á muy poco que se observaba, veíase dibujarse su rígido bulto bajo la sarga de la chaqueta...—Por lo demas, si aquellos viajeros que veinticuatro horas ántes lo saludaron en lo alto de la Sierra vecina, lo hubiesen visto en tal momento, habríanse espantado y hasta condolido del profundo cambio que se advertia en su noble rostro...—Una horrorosa contraccion atirantaba todos sus músculos; despedian sus ojos una luz torva y rojiza, como los del leon durante la cuartana, y la más lúgubre tristeza tendia su velo de muerte sobre aquellas varoniles facciones: ¡tristeza desesperada y terrible; no quejumbrosa y vehemente como la sed y el ánsia de consuelo, sino fija, muda, petrificada, irremediable, muy más amenazadora en su serenidad que todos los arrebatos de la ira!
Las gentes de la calle no se atrevieron al principio más que á saludarlo á distancia, diciéndole un «¡adios, Manuel!»... tan natural y corriente como si no hubiesen pasado ocho años desde la última vez que lo vieran;—á lo cual respondia el jóven llevándose la mano al sombrero, sin pararse á ver quién lo saludaba...
Un poco más adelante, ya osaron algunos acercársele y detenerlo, alargándole la mano y preguntándole por la salud...—Eran (decian) antiguos amigos suyos... (y entre ellos reconoció á aquel maton á quien tuvo que romper el brazo derecho.)—Otros se denominaron sus condiscípulos... (¡cuando sabemos que nuestro héroe no habia asistido á más escuela que al despacho de D. Trinidad Muley!)—Y hasta hubo álguien que se le presentó á título de hermano de leche, ignorando sin duda que el jóven fué amamantado por su propia madre.
Manuel contestaba á todos en las ménos palabras posibles, y seguia su interrumpida marcha; pero rara vez dejaba un grupo, para entrar en otro, sin preguntar ántes al oido á la persona que le inspiraba mayor confianza:
—Dígame usted...—¿Cuál es Antonio Arregui?
—No está aquí...—No ha venido...—Dicen que se marchó ayer...—Se le aguarda de un momento á otro...—le habian respondido ya cuatro interrogados, con un aceleramiento y un temblor que denotaban complicidad mental con el pavoroso alcance de la pregunta.