—¡Tienes buena memoria!

—Y buena voluntad...—le respondió Manuel afectuosísimamente, apretándole de nuevo la mano.

Y prosiguió su interrumpida marcha, muy complacido de aquel encuentro.

Pasó, en fin, por enfrente del balconcillo en que se hallaba Soledad; y, como si algun misterioso instinto ó fuerza superior lo determinara, paróse maquinalmente en aquel punto, eligiéndolo para ver desfilar la Procesion.

El público lanzó un gran resoplido de contento... y de sobresalto.

Y muchas miradas se dirigieron á las bocacalles en demanda de Antonio Arregui, única persona que faltaba ya para que el drama fuese completo...

La forastera, debajo de cuyo balcon se habia detenido el jóven, seguia entretanto el prolijo estudio que de su figura comenzara á hacer desde que lo vió asomar, y decia á su colega D. Trajano, sin quitarse los lentes de los ojos:

—¡Hermoso hombre! ¡Es una estatua vestida de andaluz, bien que no de majo ni de torero!... Los perfiles americanos del traje poetizan mucho su persona...—¡Qué torso! ¡qué cuello! ¡que cara!... ¡Es un modelo de belleza masculina!...—No sé á quién compararlo...—Para Apolo, es demasiado fuerte, y para Hércules, demasiado esbelto...—Lo compararé, pues, con el David de Miguel Ángel...—¿Ha estado usted en Florencia?

—No, señora...—balbuceó D. Trajano, muy confundido, pensando quizá en sus largas piernas y peraltados hombros, que ni en la juventud fueron esculturales.

En el ínterin, la atencion del público habia dejado de fijarse en Venegas para acudir á Soledad...