—Es menester que nos ayudes á gobernar la poblacion (díjole un concejal), y que para ello compres fincas que te den la cualidad de elegible... El Ayuntamiento necesita hombres como tú...—¿Te atreverias con la cortijada del Morisco?—Cien mil duros piden por ella...
—Muchas gracias... Veremos...—respondió Manuel.
—¡Yo me comprometo á hacerlo Alcalde!—exclamó otro regidor; el mismo, segun noticias, que habia ofrecido aquella vara á Antonio Arregui.
Manuel saludó con finura.
—Pero ántes... (dijo un tercero, apuntándole ya al corazon) será preciso que te establezcas; que tomes estado; que elijas mujer...—Digo... ¡porque supongo que no te has casado por esos mundos!...
Venegas lo miró de piés á cabeza (helándolo de terror), y le dijo melancólicamente:
—No sé quién es usted; pero le compadezco.
Y continuó bajando la calle.
Á los pocos pasos vió el jóven entre la multitud á nuestro amigo el Capitan, y acto contínuo dirigióse hácia él (cosa que no habia hecho con nadie) y le tendió respetuosamente la mano, miéntras que con la otra se quitaba el sombrero.
El viejo agradeció mucho aquella significativa excepcion, y sólo halló fuerzas para decirle con los ojos arrasados en lágrimas: