Pero la Procesion habia avanzado miéntras tanto, y ya desfilaba entre Soledad y Manuel, incomunicándolos en cierto modo...
Tuvo, pues, el jóven que contenerse, sin que por ello cesara su furia...
Y, de esta manera, vió pasar ante sí, como fantásticas visiones que se mofaban de su amoroso delirio, los históricos estandartes del tiempo de la Conquista, los ciriales de la Parroquia, los muñidores con sus pértigas de metal, las devotas que cumplian promesa yendo descalzas, los labriegos con sus capas de paño de Ohanes, los cofrades con sus escapularios y veneras, los Nacionales con sus morriones colgados á la espalda, los músicos con sus piporros ó bajones, los chantres con sus papeles de música, los acólitos con sus incensarios...—El Niño de la Bola, el Niño Jesus, el Niño del Dulce Nombre debia de hallarse muy cerca...; tan cerca, que ya sonaban las argentinas campanillas de sus andas; ya fulguraban sus cien luces; ya se respiraba el aroma de los pebeteros.
Manuel no habia mirado todavía á la linda Efigie que tanto amara en su niñez y en su adolescencia... En cambio, Soledad no apartaba de ella la vista, pensando sin duda en que, durante muchos años, aquel trono de flores, de frutos y de blancas palomas vivas, en que iba de pié el lujoso Niño, debióse á la diligente devocion del hombre que tanto la habia amado, que tanto la amaba, que tan infeliz era en aquel instante...—Ello es que, con gran asombro de todo el mundo, la hija de D. Elías empezó á desconcertarse, á conmoverse, á aturdirse, y que un ligero temblor agitaba sus ojos y sus entreabiertos labios, cual si estuviese á punto de llorar...—¡Entónces sí que todos la hallaron hermosa! ¡Entónces sí que parecia una Vírgen de los Dolores!
La emocion general era tambien extraordinaria... El público llegaba á uno de sus grandes y fugitivos momentos de inspiracion...—Debiérase á la Providencia ó al acaso, concurria allí tal cúmulo de circunstancias patéticas, que el gran poeta y artista llamado Pueblo habia recobrado su majestad, mostrábase digno de su nombre, comenzaba á sentir noble y piadosamente.
Pasaron al fin las andas entre Soledad y Manuel...; y, como ella las iba siguiendo con la vista, y él no separaba la suya del semblante de la beldad, aconteció que sus miradas se encontraron; que la una quedó como enredada y presa en la otra; que se estableció entre ambas una corriente invencible, y que el presunto matador y la presunta víctima no pudieron ya dejar de contemplarse desatinadamente...
Y entónces vió Manuel á un mismo tiempo, amalgamadas y confundidas, la imágen del Niño Jesus, de su ídolo de tantos años, y la imágen de su otro ídolo caido, de la atribulada Dolorosa, que habia comenzado á llorar desconsoladamente y que lo miraba al traves de un rio de lágrimas...
¡Llorar ella! Era cosa que jamás se habia visto y que nunca se hubiera creido.—«¡Llorar ella!» se decia asombrado el público...—¡Llorar ella! clamaban las entrañas del fanático amante, del noble y sensible Venegas, del hombre tierno y generoso que sólo era fuerte contra el obstáculo, que sólo era duro contra la rebeldía...—¡Llorar su adorada! ¡llorar por él! ¡llorar en presencia de tantas gentes! ¡llorar, aunque sólo fuese de miedo! ¡llorar... acaso de cariño y pena, al verse ligada á otro hombre y aborrecida por el que siempre fué dueño de su alma! ¡Llorar su querida, estando él en el mundo!
Un alarido de infinito amor, de piedad inmensa, brotó del corazon del hijo de D. Rodrigo, y abalanzóse hácia el balcon, sin saber lo que hacía, como para consolarla, como para que lo perdonase, como para defenderla contra sí mismo, como para arrebatársela al usurpador, llamado esposo, que daba orígen á aquellas lágrimas...
Pero este cambio habia sido tan repentino, que la Procesion se interponia aún entre los dos jóvenes...—Ya habian pasado las andas... Mas en aquel momento pasaba el palio...