Debajo del palio penetró, pues, el mísero, al dejarse llevar de aquel amoroso, irresistible impulso...

¡Que la mata!—habian clamado entretanto mil personas, creyendo que el furor y la muerte iban con Manuel...

Y Manuel, que oyera este horrible grito, ya calumnioso; Manuel, que no quiso dejar ni un instante al público en aquel bárbaro error; Manuel, que vió todavía arrodillada mucha gente ante la santa Efigie, arrodillóse tambien de pronto, en medio de su veloz carrera, fingiendo, con la rapidez y la astucia propia de los dementes, un tardío homenaje al Niño de la Bola.

Quedó, por lo tanto, guarecido bajo el sagrado toldo aquel pobre frenético, que á todos les pareció un pecador arrepentido...—Así lo decia el ufano semblante de los portadores del palio... Así lo decia la emocion religiosa del concurso...—Y, como á todo esto la Procesion se habia parado, contenida y revuelta por tan dramáticos accidentes, hubo tiempo de que la multitud, en renovadas olas, acudiese á contemplar el maravilloso espectáculo de aquel hombre salvaje y feroz, de aquel que poco ántes fué calificado de asesino, de aquel furioso que traia asustada desde la víspera á toda la ciudad, postrado debajo de las andas del Niño Jesus, humillada la frente, oculta la faz entre las manos, en la actitud de la más humilde penitencia...

En poco estuvo, sin embargo, que se desvaneciera la ilusion del público y se conociese que Manuel no era en aquel instante un pecador contrito, ni mucho ménos...—Lo decimos, porque entónces ocurrió que la madre de la Dolorosa y la dueña de la casa trataron de quitar del balcon á la angustiada jóven, próxima á perder el conocimiento, visto lo cual por Manuel (desde el suelo en que mañosamente estaba acechando la ocasion de proseguir su amoroso avance), sintió un nuevo vértigo de furor y de locura; irguióse, no del todo y con mucha cautela, y deslizó un pié en aquella direccion, como el tigre adelanta las manos para dar el salto...

—¡Detenedlo! ¡detenedlo!—exclamaron los que estaban más próximos, haciéndose hácia atras.

Manuel arrojó á los que tal decian una mirada y una sonrisa espantosas, y, sin acabar de erguirse, y volviendo la cara á un lado y otro, como para impedir que lo detuviesen, avanzó resueltamente hácia el balcon...

Pero entónces oyó tronar sobre su cabeza una voz terrible que le decia con indignado acento:

—¿Á dónde vas, desagradecido? ¿Por qué no quieres verme? ¿Qué daño te he hecho yo con amarte?

Y al mismo tiempo vió que una especie de montaña de oro le cerraba el camino, interponiéndose entre él y la casa que iba á asaltar.