Era el corpulento D. Trinidad Muley, el Cura de Santa María, el Preste de la Procesion, revestido con capa pluvial de tisú de oro y plata, hecha como de molde para lucir sobre su ámplia y majestuosa figura.
Manuel, en medio de su delirio, lanzó un sollozo de amor y melancolía al encontrarse cara á cara con el digno sacerdote, con su antiguo protector, con su segundo padre, con el sér á quien más debia en el mundo, y le besó las manos y el rostro entre las exclamaciones de entusiasmo y tiernas lágrimas del gentío.
—¡Déjame! ¡Aparta! (decia entre tanto el experto D. Trinidad.) ¡La Procesion no puede detenerse!—¡Te repito que eres un ingrato! ¡Cerrarme la puerta de tu casa! ¡Desairarme delante de todo el pueblo!
Á todo esto Soledad habia desaparecido.
—¡Perdon, señor Cura!—balbuceó Manuel, avergonzado de haber ofendido á su bienhechor.
—¡Déjame! ¡no quiero verte!—replicó D. Trinidad, fingiéndose cada vez más furioso.
—No me rechace usted, señor Cura... (insistió el jóven.) ¡Piense usted que soy muy desgraciado! ¡No aumente mi desesperacion con sus desprecios!
—Pues entónces... ¡agárrate, y sígueme! (contestó su antiguo padrino.)—Pero cállate ahora... Aquí no se puede hablar...—¡Señores! ¡adelante con la Procesion!
Y, al decir esto, el Párroco alargaba á Manuel un pico de su capa pluvial, de cuya fimbria se cogió maquinalmente aquel pobre enfermo tan necesitado de verdadero cariño.
Y la Procesion se puso en marcha; y, en pos de ella, D. Trinidad Muley, cantando estentóreamente y mirando de reojo á Manuel para que no se soltase; y, en pos de D. Trinidad, el terrible jóven, asido á la sacra vestidura; y, en pos de la rescatada oveja (frase de D. Trajano), un gentío inmenso que gritaba: