—¡Viva el Niño Jesus!

—¿Qué diablos es eso?—preguntaban en tanto muchas personas desde los balcones más distantes.

—¿Qué ha de ser? (respondian desde la calle algunas voces.)—¡Que Manuel Venegas iba á matar á la Dolorosa, cuando de pronto ha caido de rodillas debajo de las andas del Niño Jesus, y luégo ha echado á andar detras de la Procesion!...—¡Mírenlo ustedes! ¡Allí va..., cogido de la capa de oro de don Trinidad Muley!

—¡Mentira! ¡no ha pasado así! (exclamaban los discípulos de Vitriolo y los catecúmenos que ya tenian en aquel barrio.) Lo que ha sucedido es que la Dolorosa se ha echado á llorar al ver á su antiguo adorador; que el Padre Cura ha dicho á éste cuatro frescas, por no haberle querido recibir hoy, y que, de resultas de lo uno y de lo otro, nuestro perdona-vidas se ha ido detras de su antiguo amo, como un doctrino, como un borrego, como el último acólito de la Parroquia...—¡Estos son los valientes! ¡Mucho ruido, y luégo... la nada entre dos platos!

—¡Conque ha llorado la Dolorosa! (decia la parte neutra del Coro:) ¡Mala señal para Antonio Arregui!—Los primeros amores son los que privan.—¡Vereis cómo todo esto concluye por donde debió empezar: por entenderse los dos enamorados y por irse Antonio Arregui á la Rioja!—¡Lástima de Fábrica! ¡Hacía un paño tan bueno y tan barato!

En tal momento, es decir, cuando la Procesion estaba ya en la calle de Santa Luparia, y Soledad y su madre se habian marchado por excusadas callejuelas, y todo parecia terminado por aquella tarde, notóse gran agitacion en lo hondo de la calle de Santa María.

—¡Antonio Arregui ha llegado! ¡Antonio Arregui viene! ¡Antonio Arregui está ahí...!—Miradlo... ¡Aquél es! Y ¡qué cara trae!—decian en voz más ó ménos baja muchas personas, señalando á un hombre de buena presencia, que avanzaba muy de prisa por en medio de la calle, con la faz descompuesta por la indignacion, seguido de algunos pilluelos, y fijos los ojos en la casa donde Soledad y la señá María Josefa habian pasado la tarde.

Y entónces fué de ver la maestría con que el público se reparte los papeles y funciona en tales casos sin prévio acuerdo.—Miéntras que unos paraban al furioso riojano y le referian exactísimamente todo lo ocurrido, advirtiéndole que su mujer y su madre política se habian marchado ilesas, y rogándole con cierta sorna que fuera prudente y se encerrase en su casa..., otros echaban calle arriba, á fin de alcanzar á Manuel Venegas y ponerle al tanto de la novedad, con ánimo, sin duda, de acabar tambien pidiéndole que se dejase de trapisondas y evitara un desagradable encuentro con el irritadísimo esposo de su adorada prenda...

Dichosamente, no faltó un alma caritativa mejor aconsejada, que corriera más que estos últimos y dijese oportunamente cuatro palabras al oido á don Trinidad Muley.

—¡Corred, muchachos! (gritó entónces el Cura á los portadores de las andas.) ¡Vamos, vamos! que está oscureciendo...—¡Más de prisa aún, perezosos!—¡Basta por hoy de Procesion!—¡Y tú, Manuel mio, no te sueltes!...—¡Este diantre de capa pesa mil arrobas, y tú estás ayudándome á llevarla!