ÚLTIMO VUELO DE UN PAR DE PERDICES.

No pocos sudores costó á D. Trinidad Muley deshacerse de otras muchas personas que habian entrado en la Capilla y en la Sacristía en pos de ambos Niños de la Bola, y que aún permanecian allí dos horas despues de terminada la Procesion.

Por una parte, los socios de la Hermandad celebraban en la Sacristía la siempre borrascosa Junta en que anualmente eligen aquella noche y en aquel sitio (tomando bizcochos y unas copitas de rosoli) nuevo Mayordomo ó Hermano Mayor; y, por otro lado, centenares de valientes, algo bebidos por cuenta propia, se arremolinaban en la Iglesia, empeñados en hablar al hijo de D. Rodrigo, á fin de ver qué efecto le producian las noticias (que deseaban darle) del regreso de Antonio Arregui y de su hombrada de haber avanzado hasta allí en busca de satisfaccion y desagravio...

Pero el buen Padre de almas se movió de tal modo; fué y vino tanto de la Iglesia á la Sacristía y de la Sacristía á la Iglesia; tuvo tan felices ocurrencias en la Junta, y suplicó en tan sentidos términos á la otra gente «que se apiadase, siquiera por aquella noche, del pobre Manuel Venegas, en vez de aumentar sus acerbos disgustos», que al cabo logró, cerca ya de las ocho, verse libre de los Cofrades y del último calamocano, bravucon y cócora...—Púsose entónces los hábitos de calle; dió al Sacristan, en voz muy baja, algunas órdenes que parecian importantísimas; apretó la cara cuanto pudo, como para tener aire de muy enfadado, y pasó á poner en libertad á su prisionero.

¡Cosa rara, ó que por lo ménos no se aguardaba D. Trinidad!—Manuel estaba escribiendo pacíficamente en un bufetillo que allí servia para apuntar nacimientos, desposorios y defunciones.—Hallábase muy tranquilo (tal vez demasiado), y en aquel instante firmaba un largo papel que habia escrito. Cerrólo con toda calma, sin darse por entendido de la entrada del Sacerdote, como quien hace una cosa tan buena que le releva de vanas cortesías; guardóselo en el bolsillo, uniéndolo á otros que tenía en él, y entónces, y sólo entónces, fijó los ojos en el estupefacto y taciturno D. Trinidad.

Este apretó más y más el rostro, al ver que aquella mirada no expresaba arrepentimiento y mansedumbre, sino mero cariño, desnudo de alegría, y la calma de inalterables resoluciones... Pero, como ni áun así consiguiese intimidar á Manuel, volvióle la espalda de un modo brusco, y se puso á examinar el techo, donde maldito lo que habia que pudiera llamarle la atencion.

El jóven sonrió dulcemente, y se adelantó hácia su protector con los brazos abiertos.

—¡Déjame!—exclamó el voluminoso Cura, mudando de sitio.

Pero Manuel consiguió alcanzarlo; abrazóle por secciones, no sé si con filial ó con paternal confianza, y al fin le dijo, en són de blanda réplica, como siguiendo la conversacion iniciada cuando se encontraron:

—Tambien yo tenía deseo de hablar con usted, y, en prueba de ello, pensaba ir esta noche á su casa.