—No veo a nadie...—respondió entonces Toñuelo
con la mayor naturalidad.

—Ni yo tampoco,—replicó el tío Lucas, comiéndose
la partida. 60-20

Y la sospecha que ya se le ocurrió en el molino principió
a adquirir cuerpo y consistencia en el espíritu receloso
del jorobado.

—Este viaje mío (díjose interiormente) es una estratagema
amorosa del Corregidor. La declaración que
le oí esta tarde desde lo alto del emparrado me demuestra
que el vejete madrileño no puede esperar más.
Indudablemente, esta noche va a volver de visita al
molino, y por eso ha principiado quitándome de en 61-5
medio... Pero ¿qué importa? ¡Frasquita es Frasquita...,
y no abrirá la puerta aunque le peguen fuego
a la casa!... Digo más: aunque la abriese; aunque el
Corregidor lograse, por medio de cualquier ardid, sorprender
a mi excelente navarra, el pícaro viejo saldría 61-10
con las manos en la cabeza. ¡Frasquita es Frasquita!—Sin
embargo (añadió al cabo de un momento),
¡bueno será volverme esta noche a casa lo más temprano
que pueda!

Llegaron con esto al Lugar el tío Lucas y el Alguacil, 61-15
y dirigiéronse a casa del señor Alcalde.

XVII

UN ALCALDE DE MONTERILLA

El Sr. Juan López, que como particular y como
Alcalde era la tiranía, la ferocidad y el orgullo personificados
(cuando trataba con sus inferiores), dignábase,
sin embargo, a aquellas horas, después de despachar
los asuntos oficiales y los de su labranza y de pegarle a 62-5
su mujer la cotidiana paliza, beberse un cántaro de vino
en compañía del secretario y del sacristán, operación
que iba más de mediada aquella noche, cuando el Molinero
compareció en su presencia.

—¡Hola, tío Lucas! (le dijo, rascándose la cabeza 62-10
para excitar en ella la vena de los embustes). ¿Cómo
va de salud?—¡A ver, Secretario; échele V. un vaso
de vino al tío Lucas!—¿Y la señá Frasquita? ¿Se
conserva tan guapa? ¡Ya hace mucho tiempo que no
la he visto!—Pero, hombre..., ¡qué bien sale ahora 62-15
la molienda! ¡El pan de centeno parece de trigo candeal!—Conque...,
vaya... Siéntese V., y descanse;
que, gracias a Dios, no tenemos prisa.

—¡Por mi parte, maldita aquella!—contestó el tío
Lucas, que hasta entonces no había despegado los 62-20
labios, pero cuyas sospechas eran cada vez mayores al
ver el amistoso recibimiento que se le hacía, después de
una orden tan terrible y apremiante.