—Ahora no se trata de ella... (gritó el Corregidor,
tornando también a sus celos). ¡Se trata de V. y de
esta señora!—¡Ah, Merceditas!... ¿Quién había de
decirme que tú?...

—Pues ¿y tú?—repuso la Corregidora midiéndolo
con la vista.

Y durante algunos momentos, los dos matrimonios
repitieron cien veces las mismas frases:

—¿Y tú? 113-5

—Pues ¿y tú?

—¡Vaya que tú!

—¡No que tú!

—Pero ¿cómo has podido tú?...

Etc., etc., etc. 113-10

La cosa hubiera sido interminable, si la Corregidora,
revistiéndose de dignidad, no dijese por último a D.
Eugenio: