Por lo demás, á la simple vista no se notaba todavía alteración alguna en el disco del sol. Ciertamente, casi todo él estaba eclipsado; pero el ligero limbo que aun se percibía, irradiaba el suficiente fulgor para ocultar á nuestros débiles ojos la gran sombra que ya amenazaba sepultarlo.
Tenemos, pues, que el sol reverberaba en el cenit; que el cielo, ó sea el espacio á que no alcanzaba la sombra de la luna, seguía inundado de luz como antes del fenómeno, y que, sin embargo, la noche caía sobre la tierra, súbita, aceleradamente ya, sin gradación ni crepúsculo, como si nuestro planeta hubiese tenido luz propia y un soplo del Hacedor la hubiera apagado repentinamente.
¡En esto—(todo lo que ya diga sucedió en menos de un segundo)—en esto expira instantáneamente el último fulgor; cambian de aspecto todas las cosas; vense lucir dos estrellas cerca del astro agonizante; levántase un espantoso viento; hace frío; corren las nubes; ennegrécese el mar; camina la sombra á nuestros pies; parece que se desquicia el cielo, como cuando se muda una decoración en el teatro; muere el sol....., y sustitúyele un astro nunca visto, un meteoro fúnebre y grandioso, más bello que todo lo imaginado por el hombre!.....
Un grito de terror sale de mil pechos. Las gentes sencillas que nos cercan creen indudablemente que se acaba el mundo..... Pero, al ver que el sol ha sido reemplazado por aquel fenómeno tan hermoso y sorprendente, nuevo alarde del poder y de la sabiduría del Eterno, prorrumpe en un aplauso, en un viva, en un bravo, en una aclamación frenética y entusiasta.....
Este singular y tierno aplauso al Autor de la naturaleza, pone las lágrimas en mis ojos..... El espectáculo de la conjunción eriza los cabellos..... El cuadro que me rodea, la hora, el sitio, todo contribuye á horrorizarme, á conmoverme, á levantar mi espíritu, á revelarme la inconmensurable grandeza de Dios.
El Gólgota, tal como se le pinta á las tres de la tarde de aquel tremendo y glorioso día en que murió Jesús; el Juicio Final, profetizado por el Apocalipsis; el Diluvio, Pompeya, los terremotos americanos.....; yo no sé cuántas y cuán extrañas cosas pasaron por mi imaginación.
Entretanto....., ¡qué maravillosa, qué sublime apariencia la de los cielos!
El astro que había sustituído al sol, diríase que era su catafalco, su iluminado túmulo, su capella ardente.—Imaginaos un cielo sombrío, y en medio de él una gran placa negra y de oro, una enorme estrella esmaltada..... ¡Yo no sé cómo os lo diga!.....—Imaginaos el disco de la Luna, negro como el azabache, y en torno suyo una orla de lumbre formada por la irradiación del sol, que está detrás. De esta orla parten divergentemente cuatro ó cinco ráfagas de plata y oro, como los destellos que vemos en las aureolas de los santos góticos.—Era, pues, un astro de luto; el cadáver del sol; la luz vestida de negro.—Sol y luna formaban un solo cuerpo, engendro misterioso que representaba á la vez el día y la noche.....
—¡Oh Dios (pensábamos todos en aquel momento)! ¡Cuán infinito es tu poder! ¡Cuántas nuevas maravillas pudieras crear, aun después de haber llenado de ellas tantos mundos! ¡Qué habrá que se iguale á la última de las cosas, si tú pones en ella tu mano augusta!
Poco más de dos minutos, que nunca olvidarán los mortales que han presenciado esta gran tragedia, duró el eclipse total.—El pueblo seguía aclamando á Dios, con los brazos alzados al cielo, con las lágrimas en los ojos.....