Durante ellas, sólo habíamos oído, á cosa de las doce, en uno de esos intervalos de semiconciencia que tiene el durmiente á cada parada del tren, los destemplados gritos con que una pobre mujer (única que á tal hora estaría despierta en aquella áspera sierra) pregonaba á todo lo largo de la hilera de coches: «¡Leche de las Navas!», sin que se siguiese ruido alguno demostrativo de que la infeliz trasnochadora despachaba algo.....

Es decir, que habíamos pasado por El Escorial, por las susodichas Navas (que Dios bendiga), por Ávila, y por otros varios pueblos chicos y grandes, sin darnos siquiera cuenta de ello.—¡Quién se lo dijera á D. Felipe II cuando edificaba lo que recibió el nombre de octava maravilla! ¡Quién le dijera que llegaría un tiempo en que cruzasen por allí con los ojos cerrados personas tan amantes del Arte y de la Historia como nosotros!

Pero, ¿qué mucho, si habíamos atravesado con igual indiferencia la formidable Sierra de Guadarrama (que es algo más grande que el Monasterio del Escorial), pasando inconscientes, no sólo por delante de sus cimas, sino por dentro de sus mismísimas entrañas, por la cuna de los metales, por la oficina de los terremotos, por las regiones del infierno?

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Decía que estábamos en Sanchidrián, y que el aguijón del hambre nos había despertado.

El mismo mozo de la vía por quien supimos particularmente en qué Estación nos hallábamos (pues nadie se había tomado el trabajo de vocearla), nos participó además, motu proprio, que el termómetro del telegrafista marcaba en aquel instante seis grados bajo cero.

¡Oirlo nosotros, y bajar el cristal de la ventanilla, todo fué una sola cosa! Hecho lo cual transformamos el coche en fonda, y cenamos tranquila, profusa y regaladamente: que para eso llevábamos á bordo el anunciado cesto de provisiones, en que no faltaba ningún perfil; pues, á más de comestibles de buena ley, contenía frascos de agua y botellas de vino, café del mismísimo Aden y máquina para hacerlo, velas con que alumbrarnos á guiorno, y otros muchos refinamientos de sibaritismo y de confort, que ni tan siquiera concibieron los antiguos emperadores romanos.

Terminada la cena, nos fué imposible volver á dormir.—Pasamos, por consiguiente, en alegre conversación cosa de una hora; hasta que, cerca de las cinco de la mañana (es decir, todavía con estrellas) llegamos á la Estación de Medina del Campo.

¡Medina! ¡Parada y fonda! ¡Cambian de tren los viajeros para Zamora y para Salamanca!—gritó el mozo de la Estación.

—¡Vaya una fonda y una parada inoportunas!—exclamamos nosotros, dando un suspiro.