Pero de aquella misma abundancia de alojamientos surgía una nueva dificultad, y era que, como no habíamos consultado á nadie antes de salir de Madrid, ni avisado á ningún amigo nuestra llegada á Salamanca, ignorábamos cuál era el mejor hotel, hallándonos, por tanto, en la situación que los franceses (y va de afrancesamiento) denominan embarras du choix.
No era cosa de equivocarse en punto de tamaña trascendencia. Preguntamos, pues, á un guardia civil (autoridad infalible, de tejas abajo), y éste nos recomendó (confidencialmente) el Hotel del Comercio.
—¡Al Hotel del Comercio!—dijimos nosotros entonces con absoluta confianza, penetrando en el ómnibus de aquella advocación.
Y partimos.
En cuanto al resto de los viajeros..... (¡ah, cucos!), ya se les veía caminar á pie por la calle de árboles: de lo cual se deduce que los demás carruajes volvieron de vacío á la ciudad.—Pero ¿qué importaba, si el honor de Salamanca se había salvado?
Dice un refrán novísimo: Haz lo que debas, aunque debas lo que hagas.
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Subido en el estribo de la trasera, y con la gorra, la cabeza y medio cuerpo metidos dentro de nuestra jaula, nos miraba y se sonreía el zagal del ómnibus (zagal también por los años, pues no habría cumplido quince), y al ver yo su rostro picaresco, digno de su paisano Lázaro de Tormes, díjeme alborozadamente:—«¡He aquí nuestro cicerone hasta que lleguemos á la fonda!.....»
Y me puse con él al habla, previa donación, que le hice, de un cigarro puro.
Aquel joven nos dijo, entre otras muchas cosas menos interesantes, que la puerta, ya sin puerta, por donde poco después entrábamos en Salamanca, se llama todavía la Puerta de Zamora, y que la hermosa calle que allí comienza lleva también el nombre de la ciudad de Gonzalo Arias.