Y la verdad es que tenían razón.

En esto apareció ante nuestros ojos Salamanca, surgiendo de la hondonada en que se asienta á la orilla derecha del Tormes.

¡Aquélla era, sí, la muy noble y muy leal matrona, con sus rotas murallas; con su centenar de torres y cúpulas, que en línea horizontal se dibujaban en el cielo; con sus amplios edificios de dorada piedra, que reverberaban al sol, y precedida de una verde arboleda, que parecía servirle de zócalo ó de alfombra!

Tanta erguida piedra campeando en el aire, tanta arquitectura, tanta grandiosidad, tanta nobleza, correspondían de todo punto al encomiástico dictado de «Roma la Chica.....» Era, pues, indudable que estábamos delante de Salamanca.

V

ENTRADA EN LA CIUDAD.—LA CALLE DE ZAMORA

La Estación del ferrocarril de Salamanca distará un kilómetro de la ciudad, y desde aquélla á ésta corre una hermosa calle de árboles, que sirve de paseo público. Además, cuando nosotros fuimos allí, construíase á toda prisa, para el servicio de la misma Estación, una ancha y bien acondicionada carretera, por cuyo explanado trayecto pasaban ya los ómnibus generales y muchos particulares de los hoteles.

¡Porque todo esto había donde ningún alojamiento temíamos hallar cuando en Madrid proyectábamos el viaje!

—«¡Señorito, al Hotel H!.....—¡Señorito, al Hotel B!.....—¡Señorito, á la Fonda X!.....»—nos gritaban los commissionnaires et facteurs, ni más ni menos que si acabásemos de llegar á París ó Londres.

—¡Bien por Salamanca!—exclamamos nosotros.—¡Nobleza obliga!—¡Cuando los Grandes se meten á plebeyos, deben hacer las cosas con este rumbo!