Pedroso,
Gomecello,
Y Moriscos,
nombres que ningún eco habrían hallado en nuestra memoria, aunque no hubiésemos estado dormidos.
En cambio, quiso la Providencia que despertásemos al salir de esta última Estación, ó sea cuando faltaba un cuarto de hora (legua y media) para llegar á Salamanca.—De otro modo, nos hubiéramos hallado de pronto bajo los muros de la gran ciudad; cosa opuesta á todas las reglas del arte de conmoverse.
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Lo primero que vimos de Salamanca (mucho antes de divisarla á lo lejos) fué sus célebres toros....., los toros salamanquinos, de mil libras de peso y de formidables astas, plantados cerca de la vía y mirando el tren con más cólera que espanto.
—¡Ah, facinerosos! (estuve por decirles). ¡Desde tiempo inmemorial habéis estado yendo á Madrid á asustarnos con esa fuerza y esos cuernos que Dios os ha dado!..... ¡Ahora nos toca á los madrileños venir á Salamanca á asustaros á vosotros!—¿Por qué no probáis á luchar con esta locomotora?
Los toros debieron de adivinar semejante desafío, y noticiosos, sin duda, del trágico fin de aquellos héroes y mártires de su misma especie que embistieron arrogantemente en las orillas del Jarama á los primeros trenes de Madrid á Aranjuez y de Aranjuez á Madrid, nos volvieron la espalda con suma dignidad, como diciendo:
—¡Nuestra raza cumplió ya ese deber! ¡Su protesta quedó escrita con sangre! ¡Paso á la majestad caída!