Volviendo ahora á su adoración especial hacia María Santísima, diré como ejemplo, y para concluir en este punto, que no es dado formarse idea de nada tan tierno, tan expresivo, tan conmovedor, como los agasajos, fiestas y ovaciones que granadinos y granadinas hacen á la Virgen de las Angustias, patrona de la capital. Quien no haya visto, después de cualquier calamidad pública, trasladar en triunfo aquella célebre imagen, desde la Catedral, donde se llevó en rogativa, á su casa (así se designa su templo), no puede saber hasta dónde llega el sublime frenesí de un pueblo exaltado por la piedad; y quien haya presenciado tal espectáculo sin derramar, aun siendo de la cáscara amarga, lágrimas tan copiosas como las miserias de esta vida, no tiene corazón ni alma de hombre.
CAPÍTULO IV
LA GRANADINA EN EL HOGAR DOMÉSTICO
Echada la sonda en la imaginación y en el corazón de nuestra heroína, y conociendo, como ya conocemos, la índole y la profundidad de su fantasía y de sus creencias, se ha simplificado mucho la tarea de estudiarla, y podemos proceder á analizar sus costumbres rápida y objetivamente.
Principiemos por desenvolver este
AXIOMA
La Granadina es la señora de su casa.
En efecto: la mujer de aquella tierra manda en jefe en el hogar, donde ejerce de hecho y de derecho una autoridad superior á la del hombre. La doctrina evangélica que rehabilitó á la hembra, ha sido cumplida allí con exceso, por lo menos en esta parte. Y es que el granadino, por pasión ingénita ó genérica, y por galantería característica, ha hecho de la mujer un ídolo, en lugar de hacer una compañera. Puede decirse que ella es la reina del palenque en que lucha el varón toda su vida. Para ella y por ella quiere ser guapo, elegante, valiente, rico, poderoso. Ella es á un tiempo juez y premio del torneo. La opinión de los hombres, criterio del honor en todos los países, no les importa tanto á los hijos de Granada como la opinión de las mujeres, criterio que aquilata el mérito y el demérito con relación al amor.
Cierto que algunas veces el esposo maltrata á la esposa, la pega y hasta la mata; pero nunca la desprecia..... ¡Es que el pobre hombre tiene celos, ó es, más generalmente, que de vez en cuando se le ocurre, como á los pueblos, sacudir la tiranía! Empero el tirano (quiero decir, la mujer) aguanta el pujo; deja pasar la tormenta, y vuelve á imperar sobre el rebelde....., que entonces las paga todas juntas.—Vemos así que muchas mujeres de la clase y condición en que funcionan las manos ó la vara del marido, suelen quejarse amargamente de que éste haya renunciado por completo á sacudirles el polvo; pues entonces es cuando se creen verdaderamente destronadas.....
Por lo demás, la Granadina, desde que se constituye en esposa, adopta voluntariamente algo de la manera de vivir de las orientales.—Dígolo, porque se encastilla en el hogar, bien que sólo con el objeto de dirigirlo, de gobernarlo, de monopolizarlo. Del tranco de la calle para adentro, el marido no dispone de cosa alguna; suele no saber lo que sucede; cuando más, indica su opinión; y la mujer determina, decide, concede ó niega. Por regla general, ella es la depositaria del dinero, y, por regla universal, la distribuidora.—Habrá familias que vivan á la francesa, ó fuera de la ley de Dios, y con las cuales no recen, por consiguiente, estas bases. ¡Prescindamos de semejantes excepciones! La norma es la que digo.—Y aun hay más. El hombre en sus negocios de la calle, en los asuntos relativos á su profesión ó á su hacienda, no resuelve nada medianamente importante sin consultarlo con la señora (que así se llama la que usa vestido), ó con la parienta (que así se denomina si usa zagalejo). ¡Y estas no son debilidades del orden íntimo ó privado, sino legítimas deferencias que proclaman en alta voz los maridos como la cosa más natural del mundo!.....